martes, 17 de marzo de 2020

En cuarentena

Tras unos meses de un parón solamente interrumpido hace unas semanas por el fin de los coches convencionales en España, habiendo estado sin subir ni una mísera fotografía por estar ocupado y algo desganado, por qué no decirlo, vuelvo a las andadas a raíz de esta cuarentena histórica que nos ha tocado vivir a causa de la pandemia creada por el virus SARS-CoV-2, el ya más que célebre coronavirus, y la enfermedad que causa su presencia en el organismo, el COVID-19, la cual sin duda conllevará y está generando consecuencias sociales y económicas que hasta dentro de un tiempo no podremos entrar a valorar en profundidad, aunque tanto los datos demográficos y estadísticos de la enfermedad como el pánico en el IBEX-35 y el resto de parqués de Europa y el mundo, la inestabilidad política y la cuestionable inacción del gobierno nos dan una idea de la que se nos viene encima, aunque no hay que irse tan alto para apreciar estas cosas, puesto que vivimos en nuestras carnes, aunque a una escala más pequeña, las consecuencias de tan indeseable adversidad; no hay más que ver los supermercados y la curiosa sobredemanda de papel higiénico, las calles desiertas, negocios cerrados (algunos ya casi obligados por la policía), fábricas con la producción parada o a medio gas e insensatos que hasta el último momento celebraban el estado de emergencia en joviales reuniones sociales en bares o con un  improvisado turismo, focos sin duda de posibles contagios. Viendo todo esto, la situación no parece para nada halagüeña. 

Al estar recluído en casa desde el jueves, día en el que al fin me conciencié de la gravedad de la situación, he tenido tiempo de dedicarme a estudiar, ver películas y evadirme del ambiente apocalíptico que transmite la televisión (que para un rato está entretenido y más para un futuro historiador, pero al final uno se cansa) he decidido retomar mi hábito de escribir parrafadas rememorando placenteras jornadas ferroviarias que espero no tardar mucho en poder repetir; comenzaré por ésta en Miranda el día 27 de diciembre del pasado año, la cual tenía medio escrita en algunos retazos que hoy he terminado de unir, completar y retocar para que estuviera todo listo y que quien quiera usar este tocho como solución momentánea a su aburrimiento  (cosa de la que me enorgullecería si es que os resulta efectivo) no se encuentre ninguna errata. Antes de comenzar, quisiera desearos a todos, tanto a vosotros como a vuestras familias, una llevadera cuarentena y una inmejorable salud; agradecer su esfuerzo a todo el cuerpo sanitario, que en la adversidad siempre muestra su valía y competencia y transmitir mi apoyo a los trabajadores, tanto ferroviarios como del resto de sectores que en esta situación continúan estoicamente su labor; y, en fin, transmitir un mensaje positivo, de esperanza y de buen augurio, que aunque las circunstancias las pinten pardas la humanidad es fuerte y volveremos a resurgir, podremos volver a la vida normal y a disfrutar de nuestra afición, a gozar de la compañía de quienes más queremos y apreciamos, y en definitiva, volver a ser libres y a vivir, no sin antes cumplir con nuestra responsabilidad de quedarnos en casa y no propagar más el virus.  

Aquel 27 de diciembre monté, como acostumbraba a hacer hasta hace unos meses, en el Regional Exprés, REX o RE 16000, el “Lehendakari”, que efectúa parada en el apeadero de Ormaiztegi a las 7:00, una hora redonda, servido por cualquier “vieja confiable” 447 PMR, que llega a Vitoria casi siempre puntual a excepción de algún que otro día en el que las condiciones climáticas adversas hacen mella a tan buen servicio. Aquel día, a causa de las bajas temperaturas que hacían descender el nivel del mercurio a valores negativos, la unidad al cargo, la 447-267, venía de entre la niebla con el pantógrafo echando chispas. Monté, también como de costumbre, en el primer coche de la composición, en el que no iban más que una chica bajita de pelo corto de cuya presencia no me percaté hasta que se bajó en Zumarraga y un joven limpiador de estaciones, ataviado con unos auriculares, acompañado de una fregona y su correspondiente cubo que se balanceaban a cada curva del maleado trazado ferroviario y con una cara bastante animada a pesar de la temprana hora en la que debería iniciar la jornada en la gélida y oscura Brinkola. Mi mente ya estaba celebrando el “simpa” que me iba a marcar, pues estaba seguro de que siendo un día de tan pocos viajeros el personal de intervención no haría acto de presencia en el convoy, cuando de pronto, poco antes de llegar a Legazpi, se abrió la puerta del intercambiador, sobresaltándome. Era, evidentemente, el interventor; no uno cualquiera, sino uno de los habituales en el 16000, y sin duda el más elegante de todos, de figura alta, esbelta y un poco encorvada, de poco pelo y cano, semblante serio pero amistoso, gafas, y siempre con un chaleco bajo el habitual traje, lo cual le da un plus de elegancia que sin embargo, bajo mi punto de vista, le quitan los pequeños pines que lleva adheridos a la solapa izquierda de la chaqueta. Mientras me cobraba los 6,70€, le pregunté si a ellos no les habían cambiado el formato del billete como a los de Media Distancia, a lo cual contestó que no, por ser aquel tren “una mezcla entre un Cercanías y un Media Distancia”.


Esta pregunta venía a raíz de lo sucedido en el viaje en el 18063 de dos semanas atrás, día 13 de diciembre, en el que en lugar de un interventor vinieron dos. Justamente aquel día un camión se empotró en Ziordia contra el muro que separa dos de las vías de comunicación más importantes del país, la Nacional I (A-1 en la actualidad, la vieja carretera de Francia desde siempre) y el ferrocarril Madrid-Irún, el viejo Ferrocarril del Norte, que cubren, salvando las diferencias, el mismo trayecto casi desde hace siglos. Me senté en un asiento cualquiera a mitad de una ventana, pues las mesas ya estaban ocupadas y pensé que quizás la limitación temporal seguía vigente, pues la dresina de Vitoria, que acudió en lugar de la de Alsasua, las cual yacía impecable pero estropeada en la vía de Correos de la estación de la capital alavesa, debía seguir trabajando para arreglar el estropicio o poco le faltaba por terminar, y el 449, que venía con unos cuantos minutos de atraso, seguramente aminoraría su marcha, con lo cual podría lograr grabar algo interesante apoyando allí mi teléfono. Cuál fue la sorpresa cuando de pronto una señora de edad mediana me pidió que le cediese “su asiento”, pues así lo decía su billete. Yo, a pesar de no tener inconveniente en dejar la plaza libre, le indiqué que en los trenes de Media Distancia el número de plaza no tiene ninguna relevancia y menos entonces que el tren iba vacío, a lo cual me respondió, con un ligero rintintín, que “sabía a lo que me refería, pero que de la misma forma que ella podía sentarse en cualquier otra plaza, podía hacerlo yo”. Sin discutirlo mucho, mientras uno de los pocos viajeros del coche decía con su bozarrón en tono amistoso y conciliador, con una risa al final a la que me sumé yo también dándole la razón: -¿Qué más da? ¡si el tren va vacío y no hay más que sitio!-me adelanté una fila, donde la forma curva de la ventana dificultaba poner a grabar el móvil. Pues bien, resumiendo, pues no hay mucho más que contar, ya que lo grabado no mereció la pena, aquel día primero hizo su trabajo uno de los interventores, y al venir el otro la señora de la poltrona casi se ofendió y saltó a la defensiva cuando el segundo interventor le solicitó su billete para una prueba. Resulta que habían cambiado el formato de los billetes y el software de los artilugios de validación e impresión que se usan habitualmente, dando lugar a problemas en el cobro por falta de cobertura en diversos tramos y cosas por el estilo. Uno de los interventores, de pelo gris y más enterado y experimentado en el asunto, iba ayudando a otro calvo y algo más jóven. En una de estas pruebas imprimió una copia de un billete de Alsasua a San Sebastián con tarifa de Tarjeta Dorada (5,9€), que adjuntaba un gran logo de Renfe Viajeros en el encabezamiento y un código QR de gran tamaño debajo. Al terminar el experimento, tras enseñarle el resultado a su compañero, hizo con él una bola y la tiró al asiento frontal de la mesa en la que estaban. Después, al pedirme mi billete para otra prueba, le pregunté si habían cambiado el formato de los billetes y si me podía enseñar el nuevo, y me contestó amablemente explicándome el problema y me dio el billete, que “aunque estaba bastante arrugado” ahora conservo en mi colección bien planchado. 

Volviendo al 16000, ya en Brinkola, a una temperatura de -3º, se empezaron a notar los estragos del frío, pues la 447 ya empezaba a tener pequeñas dificultades para retomar la marcha. A la entrada de Alsasua, a medida que la unidad perdía velocidad para efectuar parada en la estación navarra, los chispazos del pantógrafo eran cada vez mayores, y la unidad se apagó en un momento dado, dejándonos a oscuras por unos cortos segundos. Al salir, no sin dificultades, las chispas iluminaban la playa de vías. El grado bajo cero en Araia fue la gota que colmó el vaso, y el tranvía, ya cansado y nervioso bajo la atenta mirada del factor de circulación que vigilaba desde el amplio ventanal del que dispone en la estación, se apagó tres o cuatro veces antes de iniciar una endeble marcha que terminó unos cuantos metros más allá, delante de la nave de Valcarce, donde la unidad cayó derrotada y estuvimos varios minutos en la más completa oscuridad, sólo iluminada por el lumen de  las señales de emergencia y de las manecillas de mi reloj. Poco después, a duras penas, la 447 fué alcanzando velocidad y salimos camino a Salvatierra, llegando allí pasadas las 8:00 aproximadamente, cuando a esa hora estamos ya en Alegría. La niebla era mayor allí, sin embargo, la dificultad para reiniciar la marcha fue bastante menor, no provocando más que unos leves tironcitos. En Alegría casi desaparecieron las dificultades, y comenzó a amanecer. En Vitoria, cuando al entrar por Salburua aminoramos la velocidad, pude apreciar una fina capa de hielo en los coches, señal de la dura noche que habían pasado en la intemperie.


Llegué a Vitoria a las 8:30, teniendo poco más del tiempo justo para sacar unas fotos con el teléfono móvil de la cerrada niebla que cubría la ciudad, ir a casa a por el trípode y volver rápidamente a la estación para encontrarme con Iker, mi buen amigo que me acompañaría durante el resto de la jornada, y poder ver el Surex, que al final vino con algo de retraso y arrastrado por la 252-038. Al poco llegó el REX de Pamplona, con la bastante sucia 470-156, la cual llevaba dos tercios del coche cabina limpios dejando al descubierto un sucio vinilo del “Tren del Vino”. Después, para nuestro pesar, aunque era lo esperado, llegó sirviendo nuestro regional 18071 la 470-173, sucia como todas las de Miranda. Por suerte pudimos hallar un lugar con las ventanas sin ensuciar en el último coche, y pudimos disfrutar del cómodo viaje que nos brindaban los butacones reversibles de la veterana unidad. Este viaje que otras veces en solitario se me antojó algo largo, se me hizo corto esta vez al tener alguien con quien conversar, además, ese ambiente tan invernal daba al paisaje que rodea el trayecto otro aspecto que nunca había podido ver hasta entonces. Llegamos hacia las 10:15 a la localidad burgalesa de Miranda de Ebro.



Allí la niebla no era tan intensa como en Vitoria, donde la misma no levantaría durante todo el día; sin embargo el frío era algo más frío, valga la redundancia. Poco después de llegar pudimos deleitarnos con la presencia de la 251-024 que iba impecable por un lado y maniobraba aislada. Después vimos sin mucha pasión el enganche de los Alvia de Bilbao e Irún a Madrid, escena muy habitual y además mancillada por un graffiti en uno de los dos 120, el de Irún si no me equivoco.


Al rato vino la rama Arco de Bilbao, arrastrada por la 252-034, que tuvo que esperar casi un cuarto de hora a la de Irún, remolcada por la 039. La maniobra de acople fue bastante rara, ya que se hizo de forma distinta a la de costumbre, y a la postre la 252-034 se quedó apartada esperando hasta el anochecer frente al tren taller, cosa bastante extraña de la que evidentemente tomamos testimonio gráfico.




Más o menos una hora después llegó este tren que vemos en la siguiente serie de fotos, un TECO Jundiz-Bilbao arrastrado por la Bitrac 601-005 de Captrain que llegó para invertir la marcha, maniobra que disfrutamos íntegramente como se puede observar: 






Esta última fotografía fue publicada en el número 315 de la revista Hobbytren, correspondiente al mes de enero de 2020.

Después de esto, decidimos aprovechar para ir a comer y cambiar un poco de aires moviéndonos hacia el Crucero, localización donde pasaríamos la tarde. Cruzamos Miranda, y, cruzando por el puente de la N-I sobre el Ebro (donde sacamos una asquerosa 449 sucia con el 18061, la foto no quedó muy bien), nos acercamos al casco antiguo de la localidad, donde entramos al primer bar que nos encontramos abierto por aquellas desiertas calles. Esperamos unos minutos en la barra a que alguien nos atendiera, cosa que no sucedió, por lo que nos disponíamos a abandonar el establecimiento cuando un señor canoso de unos cincuenta años, el mesero, salió de la cocina y nos preguntó qué deseábamos. Le preguntamos si servía bocadillos, y como se nos quedó mirándonos como si le hablásemos en chino, tomamos de nuevo el camino hacia la puerta cuando nos pidió que esperásemos, que no le habíamos dejado tiempo para responder y que por supuesto tenía bocadillos de tortilla con diversos rellenos. Tras su respuesta, decidimos tomar asiento en una de las mesas, y yo, para mojar el gaznate, quise pedir un crianza a la otra camarera que acababa de salir de la guarida, pero me hizo caso omiso pues debía estar bastante ocupada moviendo cosas de un lado a otro, así que cuando el camarero salió de la cocina con el primero de los bocatas le pedí a él la copa; poco le faltó para mandarme de mala gana a la cocina a hacer por mí mismo la tortilla mientras él me servía el crianza, pero al fin, tras unos minutos de espera, teníamos listos ambos bocatas, los cuales degustamos tranquilamente leyendo la prensa del día en la que pudimos encontrar el anuncio del colorido “AVLO”.

A pesar del trato no muy amistoso y del vino que dejaba bastante que desear, francamente, los bocatas estaban exquisitos; ya podían estarlo, no salieron demasiado caros (4,5€ cada uno) pero tampoco era el precio moco de pavo. En palabras de Iker su tortilla llevaba jamón “del bueno”, y yo no tuve queja alguna de mi deliciosa tortilla de atún. Además, cabe destacar que éste, siendo el primer y único bar al que entramos, no tuvo mayor inconveniente para servirnos unos simples bocatas, a diferencia de lo sucedido en Legorreta, donde durante otra jornada ferroviaria memorable en la que también me acompañó el colega alavés, todos y cada uno de los bares de la localidad guipuzcoana nos negaron algo tan sencillo de hacer como cualquier cosa entre dos mitades de pan, y después de tenernos a vueltas por el pueblo en busca de algo que llevarnos a la boca no nos quedó otra que comer unas cazuelitas de carne cocida con chorizo recalentadas del bar de los jubilados, único establecimiento que se dignó a servirnos algún alimento, regado aquella vez por un inimitable Paternina. Con las pilas cargadas, pusimos de nuevo rumbo al Crucero, iniciando así la segunda parte del día.


Allí en el Crucero, tras unos cuantos minutos de espera, pasaron las primeras circulaciones, como la 470-085 con el Regional a Zaragoza, el Alvia a Barcelona… y en esas llegó Iván, nuestro compañero jarrero que durante el resto de la tarde estaría con nosotros. Fue fructífera esa tarde, pues pudimos ver el Trasona con el ya más que habitual doblete de primas, un TECO de Logitren arrastrado por la 335-025, y un mixto de cisternas de ácido de Tramesa y bobinas remolcado por la 253-009 y un amable maquinista que nos dedicó un concierto de pitadas; todas las locomotoras iban en un estado deplorable como era de esperar, pero fue un placer ver semejantes trenes, y más desde la vista privilegiada que nos ofrecía el paso superior, que permanece cerrada y sin uso desde que se construyó hace ya más de 10 años.





Ciertamente, el punto de adrenalina que daba saltar la barandilla y subirse a lo alto de aquella pasarela, a la vista de cualquier viandante y sin saber ciertamente la si causa de su abandono era por algún desperfecto estructural o por alguna otra razón menos arriesgada (resultó ser por la excesiva cercanía de un transformador de alta tensión, lo cual en principio no suponía ningún peligro) le dio más “emoción” al asunto, e Iván y yo tuvimos que subir a toda prisa unas cuantas veces para poder hacer la foto; Iker en cambio prefirió quedarse con la vista alternativa sacando las fotos abajo en distintas perspectivas y encuadres.


Tras todas estas tomas, nos movimos unos cientos de metros más en dirección Madrid siguiendo la curva, donde en un prado embarrado y ya casi a oscuras pudimos sacar, aunque en mi caso de una forma bastante chapucera, un TECO de Continental...



...y el traslado de Media Distancia de Valladolid a Zaragoza de la 596-013. Tras esto, Iker y yo volvimos a la estación, y tras acercarnos con su coche Iván se fue. Tal fue mi mala pata, que en el camino de vuelta se me cayó el adaptador de tarjetas SD a USB, el cual nuestro amable compañero riojano me devolvió más o menos una semana después.


Encima, el Arco antes de proseguir su viaje a Hendaya. Debajo, la impecable 470-238 a cargo del Lince Madrid-Vitoria.


Llegó la noche y con ella volvió poco a poco la niebla que durante el día nos prestó una cierta tregua. Vimos, cómo no, la maniobra del Arco, que si no recuerdo mal llegó con algo de retraso y que dejó unas estampas seguramente irrepetibles a día de hoy, las cuales no dudamos en inmortalizar con numerosas fotografías. Ya para entonces llegó desde Vitoria nuestro compañero Luis, quien nos acompañó hasta nuestra vuelta en el 18065. El anochecer, más tranquilo en circulaciones, no nos dio demasiadas fotografías y el frío y el cansancio acumulado hizo que en gran parte del tiempo nos recluyéramos en el agradable y tibio ambiente del vestíbulo del edificio de viajeros, donde comencé a escribir los primeros esbozos de este texto, aunque lo dejé enseguida pues una ligera y momentanea migraña no dejaba que me concentrase en la labor.



El mítico Surexpreso, inmerso en su medio natural, la noche. Debajo, uno de los mercantes que, a pesar de los pésimos resultados fotográficos, amenizaron nuestra espera al MD. 


Entrados ya en la noche, pudimos inmortalizar el Surexpress y el 121 del IC 04177, pero en los últimos 20 minutos de nuestra estancia llegaron aglomerados tres mercantes, un LCR, un Continental y un Medway, los cuales captamos en compañía de Gustavo, a quien tuve el placer de conocer aquella noche. Al poco de su paso hizo acto de presencia nuestro Media Distancia, que nos llevó de vuelta a la capital alavesa en un silencioso y ligero viaje.



Al día siguiente tuve la suerte de acompañar a Iker a Cerio, donde en aquellos llanos paisajes sacamos el Hendaya-Ciempozuelos con doble 253; la foto me quedó bastante bien aunque me parece que se me desenfocó la cámara un poco, y además no llegué a terminar las labores de limpieza que las locomotoras exigen, pero puede que próximamente la suba en Instagram, pues fue, tras mucho tiempo sin estrenarme, mi primera foto en la llanada, y espero volver por aquellos lares dentro de un tiempo para poder sacar alguna instantánea similar, a poder ser en buena compañía como aquella vez. 

Qué duda cabe de que terminé muy bien y muy contento aquel 2019; quién nos diría en aquel entonces que el año 2020, con esa numerología tan bonita, nos iba a deparar el apocalipsis… en fin, ¡a seguir bien y hasta más ver!

lunes, 3 de febrero de 2020

El adiós a una era


Tantas veces oímos la historia del lobo que cuando de verdad venía nadie se lo esperaba. Tras años y años de rumores sobre su posible supresión, pensabamos, como yo pensaba al subir la que fué paradójicamente la última foto del año pasado, que al menos este año y quizás el siguiente seguiría languideciendo en su eterna agonía, siguiendo como último bastión decadente de la tradición de los antiguos trenes de larga distancia, como un tren noble y superior venido a menos pero que sobrevivía con cierta dignidad como un hidalgo arruinado; pero de pronto, sin que ningún mal augurio pesara sobre él, la detección de la presencia de amianto en unos armarios de los sistemas de ventilación de dos de los coches de la serie 2000 que formaban parte de las composición del Intercity (para nosotros siempre Arco) Camino de Santiago terminará esta noche (nota: el texto fue publicado el 2 de febrero, pero por problemas que resultó tener el Surexpress de aquel día (un enfermo de coronavirus, un apagón en el suministro electrico, la caída de un árbol a la vía...) la rama Talgo encargada para cubrirlo no llegó y el Arco fue servido normalmente en dirección Hendaya hasta el día 3) esperemos que temporalmente, con el material convencional de este país, siendo sustituído por un Talgo IV; de lo malo malo sigue conservando algo de esencia, como lo hace el Surexprés, servido con el mismo material y conserva la nocturnidad que lo caracterizaba, aunque, como no lo fue en 2010 cuando el más que centenario servicio pasó a servirse con las ramas Talgo, en este caso tampoco será lo mismo. 


El primer Talgo usurpador del puesto del material convencional a su paso por el puente las Trianas, poco antes de llegar a la estación de Vitoria con unos minutos de adelanto y la 252-035 arrastrándola. La rama resultó ser la 4B12. 2-III-2020.

Viajé en él en varias ocasiones, la última vez la víspera del Día Todos los Santos, es decir, la noche de Halloween, y, si ya la habitual composición de dos coches daba impresión de declive, el interior de los coches no iba a ser para menos: el aire dentro daba una ligera sensación de polvo en suspensión, como de cerrado; la limpieza de los asientos (o más bien su limpieza no demasiado ortodoxa), junto con la nula de los antiguos ceniceros, hoy día reconvertidos en papeleras o pegaderos de chicle, transmitía la dejadez con la que la compañía prestaba el servicio. No digamos ya las molduras de los portamaletas y la iluminación, a veces desencajados y temblantes, que seguramente con un poco de mimo, o chicle de los ceniceros, podrían volver a su lugar. Tampoco ayudaron las pruebas del interventor, que dándole intermitentemente a los interruptores intentaba que se encendieran las luces fundidas, otro signo de la desidia y justo mantenimiento que sufrían los coches, haciendo que las luces parecieran tintinear como los fluorescentes de cualquier fábrica abandonada de una película de terror, y empeorando con su bienintencionado gesto el ya de por sí cargado ambiente, haciendo que fuera digno del día que se celebraba al otro lado del atlántico. La cafetería, que visité para comer alguna chuchería que llevaba conmigo para almorzar, estaba vacía, aunque el tren iba bastante ocupado, con turistas de diversas procedencias que de no ser por la noche profunda en la que estaba sumido el tren, que en aquellos instantes atravesaba las desiertas estaciones y sus intermedios páramos de la llanada a 160 km/h, estarían, como pude comprobar en otras ocasiones en el horario de verano, admirando anonadados las verdes colinas y los riscos de las sierras de Aizkorri y Urbasa.


De entre la niebla espectral que tanto caracteriza la llanada alavesa y de la que tan poco he sacado provecho durante mi estancia en Vitoria, llega la corta composición a la estación de la capital de la mano de la 252-043, que muestra una imagen bastante decrépita, y más que la mostraba con las pintadas ya casi translúcidas por el paso del tiempo que borré definitivamente de su lomo durante la edición de la fotografía. 6-II-2019.

Sin embargo, a pesar de la desfavorable imagen que da mi testimonio, los butacones y la inmejorable insonorización y suspensión de los coches, aparte de mi afición al ferrocarril y mi cariño al tren hicieron que el viaje, a pesar de los aproximadamente 10,50€ que me costó el billete con tarifa de Carnet Joven. A cualquier otra persona quizás esto no le hubiera parecido tan importante y valoraría peor su experiencia, por la estética y tecnología desfasada, el retraso que llevaba el tren (que en aquella ocasión sería de unos 5-10 minutos, pero que en otras superaba la hora.), la falta de los enchufes que por ejemplo en los 449 que sirven los Media Distancia están presentes… en fin, que a parte del horario, la comodidad y el recorrido, pocas ventajas tiene este servicio para algunos, aunque también tiene su clientela fija, gente que se hace todo el reccorrido y que estaban sin duda satisfechos con el servicio que hasta ahora se venía prestando, como la pareja de mayores que compartía la mesa central conmigo y que sonreían en cada curva, cuando la botella de agua que llevaban sobre la misma se deslizaba de un lado a otro.


En la mañana de una jornada cualquiera, el Arco arrastrado por la 252-041 en la habitual y lánguida composición de dos coches a su paso por Las Trianas. 16-II-2020.

La verdad es que dudo que Renfe desamiante dichos coches: para ellos éstos no tienen demasiado futuro, no van a saber sacarles rentabilidad y seguro que los dan ya por amortizados; además, el tratamiento de desamiantamiento, el cual necesita de personal cualificado y un procedimiento riguroso, no sería demasiado caro, pero teniendo en cuenta la tirria que la compañía le tiene a este tren, habrán aprovechado para darle el tiro de gracia definitivo al material convencional. Sin lugar a dudas, de haberle prestado más cariño y mimo a estos buenos coches y al servicio le hubieran sacado más tajada y aún circularía con el doble de coches y con las plazas ocupadas, habría más servicios y serían más rentables, pero es sabido que Renfe está a otros asuntos, como la consejería a la gestión de la Alta Velocidad en La Meca o entre Dallas y Houston, y no le interesa demasiado, es más, le aborrece el ferrocarril convencional. Pero bueno, ellos verán lo que hacen, y a pesar de la visión negativa que se tiene hacia la liberalización del ferrocarril, tengo esperanza en que ésta le dé una lección en el futuro a una empresa dirigida desde siempre por ineptos y enchufados de partidos políticos.

El penúltimo Arco en dirección a Galicia cruza el puente de Ormaiztegi. 29-II-2020.

Con esta fotografía tomada el pasado sábado, doy el último adiós a éste tren al que tanto cariño teníamos los aficionados y que tantas satisfacciones nos ha dado. Me hubiera gustado haberlo podido fotografiar en más sitios, pero tampoco puedo estar más contento por haber podido disfrutar de un tren tan bonito durante los últimos años. La falta de tiempo y ganas ha hecho que en estas tristes circunstancias suba mi primera foto del año, pero próximamente intentaré subir otras más con más historias y sucesos que contar.


El último Arco en dirección Hendaya, banalizado y semigraffiteado, efectúa parada en Vitoria con una composición de cuatro coches y la 252-033 en cabeza. 3-III-2020.

viernes, 6 de diciembre de 2019

Estrenando objetivo

Hacía ya bastante tiempo que rondaba por mi cabeza la idea de comprar un objetivo nuevo: hará cuatro años ya estaba pensando en comprarme un 70-300 o 55-250 de Canon, Sigma o Tamron, aunque cuando un amigo me dejo un Canon 17-85mm 4f/-5,6 de diafragma defectuoso que tenía por casa vi casi resueltas todas mis necesidades. Aquel objetivo, a pesar de no tener demasiada buena fama, me daba buenos resultados, aunque también he de decir que por aquella época abusaba de ISO, así que con esa ventaja cualquier objetivo medianamente luminoso (más en este caso en el que la amplitud del diafragma estaba atascada en el máximo entre otros defectos que no voy a enumerar pues no los recuerdo bien) puede tomar fotografías a altas velocidades. Un año y mucho después, o dos, no recuerdo bien, otro fallo típico de estos objetivos salió a la luz: el zoom se atascó, y el objetivo quedó del todo inutilizado. Entonces retomé la idea de comprar otro objetivo, aunque tampoco tenía demasiada prisa. Amontoné un buen montante de dinero con el tiempo, unos 200€, pero entonces me encapriché del Seiko SRP779, mi fiel compañero el tortuga, un reloj automático de buceadores profesionales que tanto goce me ha dado en los casi dos últimos años. A pesar de lo feliz que estaba (y estoy) con dicha compra, al poco ya me venían arrebatos de arrepentimiento, pensando en que quizás podría haber empleado mejor ese dinero destinándolo para cambiar de ópticas, pero tampoco me comí demasiado el coco con ello, ya que el 18-55 de fábrica aún daba excelentes resultados. Pero los años pesan, y el trote que le he dado durante los más de 6 años que lleva conmigo no tardaron en hacer mella sobre todo durante éste último.

Este 18-55, así como mi Canon EOS 600D, han estado en casi todas partes conmigo: bosques, playas, monumentos, edificios abandonados, excavaciones arqueológicas…y en la vía, cómo no, y han aguantado las consecuentes condiciones climatológicas y ambientales, así como caídas y otras penalidades que les iban surgiendo y que estoicamente aguantaban. Así, durante la nevada del 1 de diciembre del 2017 soportaron bruscos cambios de temperatura, copos traicioneros y la humedad de la mochila, lo que hizo que los hongos se instalaran en el pobre objetivo. Poco a poco, los estragos del festín que estos organismos micológicos se fueron dando con las capas de plástico que recubren las lentes hacían cada vez más mella en mis fotografías, las cuáles cada vez se veían en tonalidades más raras, y se hacían aún más raras al intentar solucionar ese problema desde un ordenador en el que el monitor parece imposible de ajustar. La cosa empeoraba en condiciones de luz adversas, afeando las luces de las farolas en tomas nocturnas y por tanto imposibilitándome tomar fotografías urbanas de larga exposición. Por suerte, hace unos cuantos meses descubrí la marca Yougnuo, una marca china de productos fotográficos más que económicos que tiene bastante buena reputación en el mundillo de la fotografía; tiene sus detractores también, como es evidente, pero uno prefiere fijarse en las muchas buenas experiencias que han tenido otros usuarios que en las pocas malas cuando va a comprar algo. Así pues, tras recolectar en poco tiempo el monto de 55€ que su objetivo de 50mm costaba en Amazon, lo adquirí, auspiciado además por los buenos resultados que les daban a otros compañeros sus objetivos de 50mm, mayormente el Nikkor de Iker, quien hablándome de sus ventajas me fue convenciendo poco a poco para que me hiciera con uno, ya que yo en un principio era reacio a los objetivos de focal fija.

Ayer, pues, tras bastantes días ocupado escribiendo para mis profesores trabajos de tropecientas mil palabras de los más variados temas, desde el neolítico en Mesoamérica al efecto de la abolición de los fueros en la economía vasca, pasando por la arqueología industrial y la relación entre los astilleros y los armeros guipuzcoanos, estos dos aún en proceso de finalización, tuve la oportunidad de experimentar con el recién llegado objetivo. El lunes, nada más llegar a Vitoria, tuve ocasión de practicar un pequeño entrenamiento con los autobuses urbanos de las líneas 2 y 10 que pasan junto a mi casa por la calle Zumaquera y los resultados eran muy satisfactorios, pero ayer quise ir más allá y explorar, aparte de la fotografía ferroviaria, el retrato, formato fotográfico al que no estoy familiarizado en exceso pero que sin embargo no se me da tan mal, y con el que alguna vez he obtenido reconocimiento por personas ajenas al conocimiento de la fotografía. Así, con unos cuantos compañeros de clase comencé a sacar retratos con la mayor amplitud de la que esta lente dispone, f/1,8, y a pesar de lograr excelentes resultados me di cuenta de la dificultad de mantener enfocados los sujetos, cosa que después dificultó a mis compañeros, que ya tienen unas cuantas fotografías bastante buenas sacadas por mí, junto al estado de mi destartalada cámara, sacarme a mí siquiera un retrato decente, aunque de las tantas fotos que me sacaron una es salvable, y quizás me la ponga como foto de perfil en WhatsApp. Es curiosa la atracción y curiosidad que generan las cámaras réflex en la gente de fuera del mundillo fotográfico, pues casi todos quieren probar a sacar fotos aunque pocos logran buenos resultados con mi cámara, ya entrada en años y tan caprichosa como una radio a válvulas.

Contento con los buenos resultados logrados, me fui a hacer unos recados al centro esperando la hora de acercarme a la estación, cuando poco antes de partir para allí me llegó un mensaje directo por Instagram de Vladimir, a quien agradezco desde aquí la información, que me comunicaba que acababa de ver por Olazagutía el Muriedas que yo esperaba cazar y que él no pudo fotografiar llevaba remolcada una 311. Acelerando el paso llegué y me coloqué en este encuadre en el que se ve la aguada, mientras que Iker, yendo sobre seguro pues no quería arriesgarse a perdérselo, se colocó en el puente San Cristobal, el que se ve al fondo de la foto. No tuvimos que esperar demasiado para poder fotografiarlo y tras disparar confirmé que el resultado era sobradamente satisfactorio para mí; el objetivo alcanzó mis expectativas, y lo estrené como Dios manda con un tren bastante bueno. No he tenido ganas de limpiar la 253-031, pero no descarto hacerlo próximamente y reemplazar la foto.

Después de pasar un rato charlando con Antonio, el charlatán empleado de Atendo, e ir a clase de prehistoria a atender una práctica sobre la elaboración de la cerveza, ilustrado con un vídeo patrocinado por San Miguel en el año 2004 y que me ocupó de 17:00 a 18:40, ya casi entrada la noche, me volví a encontrar con Iker y esperamos al segundo Muriedas del día, el de Pecovasa. Nos colocamos junto a una farola y mi avezado amigo ya tenía milimetradamente calculado el enfoque que tenía que usar desde un encuadre más abierto mientras que yo intenté hacer lo mismo un poco más al borde del andén usando como referencia una de las farolas del andén de la vía 2. Cuando ya el tren estaba pasando por la marquesina, dos vigilantes de seguridad salieron a ver el paso del tren, y a uno de ellos, bastante alto para más inri, no se le ocurrió otra cosa que acercarse al borde del andén a saludar al maquinista, rebasando para ello la línea amarilla. Nada más verles salir a los dos nos vino el presentimiento de que algo así iban a hacer, y efectivamente, lo hicieron. La desacertada decisión del ignorante vigilante, ya que no lo hizo a propósito, causó un más que razonable enfado a Iker, a quien le estropeó la foto, pues el final del convoy quedaba tapado por su cuerpo. Su fotografía estaba bien enfocada e iluminada, y la mía en cambio todo lo contrario, quizás por racanear de ISO y por mi evidente falta de experiencia, y eso me apenó bastante, ya que de habernos colocado justo al revés al menos tendríamos una excelente foto y otra que tampoco supondría una gran pérdida. Después de unos minutos vino el Arco, bastante puntual a pesar de llevar un retraso de unos pocos minutos y con tres coches. Esto nos resarció un poco la desazón del Pecovasa, aunque a mí las fotos me quedaron trepidadas, pero de los errores se aprende y espero que para la próxima vez tenga ya a plena disposición y con zapata nueva el trípode Manfrotto con rótula de vídeo que me agencié en un mercadillo por unos 15€ y que, seguramente, a costa de ser más pesado y algo menos práctico, dará sopas con ondas al anterior Cullman, de buena constitución aunque cutrillo en cuanto a sujección de la cámara, motivo por el que lo jubilo.

En conclusión, a pesar de que en toda la jornada sólo saqué una foto ferroviaria decente, y corriendo el riesgo de emitir un juicio antes de lo debido, creo que el Yougnuo, a pesar de su bajo precio, es un complemento decente para quien quiera cambiar y probar cosas nuevas sin tener que gastarse mucho. Quizás no sea el mejor y más nítido objetivo pero es digno y merece la pena probarlo. Espero que durante las próximas semanas pueda seguir experimentando con él y podáis ver sus frutos tanto por aquí como por Instagram. 

miércoles, 23 de octubre de 2019

Think Blue

La pasada semana fue sin duda bastante fructífera en cuanto a circulaciones interesantes en la capital alavesa: el martes, dos 446 que bajaron del núcleo de San Sebastián a Valladolid tuvieron que pasar por la vía 4, ya que la banda de mantenimiento había sacado la dresina a la vía 1 y el Surexprés estaba banalizado y estacionado en vía 2.


Un rato después pasó el herbicida en dirección  Irún, arrastrado por la 310-018, regando las vías y dejando un ligero y agradable olorcillo químico que al rato sería tapado por la pestilencia con notas fecales que como de costumbre emanaba un Alvia recién estacionado. 


El jueves, un día movido pero en otro sentido, las vías de la estación no albergaron nada demasiado interesante pero sí en cambio protestas de índole política, que por unos minutos causaron alboroto en las mismas al intentar cerca de una cincuentena de jóvenes cortar el tráfico ferroviario. No tardaron mucho en dejar la vía expedita cuando unas cinco furgonetas antidisturbios llegaron; instantes después una veintena de manifestantes, que se enfrentarán seguramente a una multa por desorden público y la correspondiente multa de Renfe fueron detenidos y recluidos momentáneamente en los baños de la estación y las protestas se trasladaron una calle más abajo, donde las pude presenciar junto a un grupo de periodistas de medios locales que esperaban casi con ansias poder relatar en sus artículos sucesos como una brutal carga policial o una cruenta batalla campal para no volverse a la redacción con las manos vacías, cosas que sin embargo no llegaron a suceder.

Pero la mañana del miércoles, que es en la que sucedió lo que relataré a continuación, también tuvo su miga: el protagonista del día, el bobinero Miranda-Noain, junto con el Irún-Trasona que salió a la mañana, hizo que cambiando el planes establecido y madrugando más de lo esperado cogiera el autobús de la periferia, el de la línea 2A que circunvala la ciudad en el sentido de las manillas del reloj, y me acercase al barrio de Zabalgana, donde en uno de los numerosos pasos superiores, concretamente en el peatonal situado junto a una escuela de primaria (la cual nos dio más de un susto con el imprevisible encendido del hilo musical de su patio) esperaba Iker. El nuboso cielo hacía un buen rato que había dejado de amenazar con lluvia, de hecho mi buen amigo fue testigo de la asombrosa negrura de las nubes poco después de amanecer y hasta pudo captar un doble arcoíris justo al paso del 16001, pero pesar de la relativa mejora del tiempo un viento frío digno del otoño en el que entramos ya hace casi un mes corría entre los modernos y algo impersonales edificios que se componen principalmente de pisos de protección oficial construidos a principios de ésta década y a lo largo de la trinchera de la vía, haciendo que a ratos me arrepintiera de haberme olvidado mi jersey en casa, aunque en realidad lo llevaba olvidado en la mochila y estaba helándome a lo tonto… poco antes de llegar yo a dicho paso, pasó la 470-110, limpia por ser la encargada del Tren del Vino, sirviendo el Regional Exprés 16019 Miranda-Pamplona.


En fin, tal y como esperábamos el Noain se atrasó y bastante, pero por suerte otras circulaciones como el Trasona con la 333-340 y la 333-334 en cabeza, un Muriedas de Transfesa vacío con una 253 inidentificable de lo sucia que iba (aunque identificada estaba, el caso es que no recordaba cuál era, gracias a Gustavo por puntualizar que era la 004 en un estado mucho más deplorable del que yo recordaba) y el Arco nos entretuvieron, y pude por primera vez aprovechar completamente el potencial de esta zona de la ciudad a la que varias veces me he acercado con intención de tomar diversas capturas de las que sin embargo ninguna me había convencido demasiado hasta ahora; es más, me atrevería a decir que hasta ese día no había sacado allí una foto decente, quizás por falta de inspiración o por mala fortuna, quién sabe. 



Aprovechando un rato de descanso nos acercamos al Eroski de Borinbizkarra, uno de los varios sectores que forman el gran barrio de Zabalgana, donde nos abastecimos de unas pocas chucherías para matar el hambre, y después nos dirigimos al paso superior de la Avda. de Zabalgana (un nombre un tanto redundante); al rato de sentarnos en un banco cercano llegó Iván, que aprovechando un rato libre se acercó para fotografiar el tan esperado Noain, que unas decenas de minutos después llegaría a un paso no muy ligero arrastrado por la 253-094 (limpiada digitalmente), con unas 5 horas de retraso y acompañada de la razón de tanta expectación: la 308-081.


La “Ye-ye” 308-031, o 10831 si usamos su matrícula pre-UIC, es propiedad de la factoría Volkswagen de Landaben desde 1998, y sobre todo por esta razón desde su fabricación en la histórica factoría bilbaína de la Babcock & Wilcox en 1969 ha tenido variopintos y únicos esquemas de pintura aparte de la verde y amarilla de Renfe, uno amarillo con franja azul y logotipos de la empresa automovilística y éste último, de un gris claro con el logo, franjas blancas y azules y el eslogan “Think Blue”. Éste eslogan formaba parte según la revista Autopista de “una estrategia para promover la movilidad más sostenible y eficiente de sus vehículos. Este mayor respeto por el medio ambiente no sólo se plasmará con coches eléctricos, híbridos, híbridos enchufables y con motores de combustión de bajos niveles de consumos y emisiones, sino también, con una serie de actividades e iniciativas de concienciación social.” Es curioso que dicho eslogan figure encima de una locomotora diésel-eléctrica de 61tn propulsada por un motor Caterpillar D-398 de 710cv que expulsa penachos negros de humo cuando funciona; más curioso aún que la compañía propietaria de la misma fuera hace un tiempo pillada trucando los motores de sus automóviles para evadir los límites impuestos por la Unión Europea a las emisiones contaminantes. Sin embargo, no pretendo hacer leña del árbol caído ni mucho menos criticar a Volkswagen por mantener en servicio tan veterana locomotora, cosa loable bajo mi punto de vista, no es que yo sea un ferviente ecologista que digamos, pero no se puede negar que estos hechos sean algo irónicos.

Desde luego fue bonito poder ver aquella preciosa locomotora rodando a pesar de que fuese remolcada, y para mi sorpresa descubrí que parecía un simple tractor de maniobras puesto al lado de la 253 y el corte de bobinas. Tenía el recuerdo de ver de pequeño la 308-018 de TECSA apartada en la playa de vías de la estación de Beasain, y de aquellas me pareció un mastodonte elefantiásico de locomotora. De hecho tengo una fotografía de aquel día, evidentemente no tan buena como yo quisiera teniendo en cuenta que la saqué yo con 10 años más o menos, pero al menos tengo un pequeño testimonio gráfico de aquello. Mi agradecimiento a Iker por pasar la mañana conmigo y cederme para utilizar en el proceso de limpieza una de sus fotografías, concretamente una de la 253-089 con el pestes en dirección a Irún, tomada el 11 de septiembre del pasado año; a Borja por informarnos desde Miranda, y a Iván por su como siempre tan agradable y dicharachera compañía. Un más que cordial saludo a los tres.

martes, 15 de octubre de 2019

Día Azul

En aquella hoy día lejana RENFE de los años 70, los Días Azules eran días para disfrutar del tren, más concretamente del viaje en tren con jugosos descuentos; el del pasado sábado sin embargo fue un Día Azul para disfrutar de la afición al ferrocarril debido a la visita del Tren Azul, el espectacular convoy de la AZAFT, la Asociación Zaragozana de Amigos del Ferrocarril y del Tranvía, en su visita al museo azpeitiarra sirviendo el “Expreso del Urola”. La expectación creada anualmente por esta fabulosa composición de coches históricos de inigualable elegancia como el coche salón ZZ-1601, el coche cama T2-5423, el furgón de Correos PD-198 y el coche cama de la CIWL Yft-4648 entre otros, remolcados esta vez por la 252-023, arremolina a una ingente cantidad de aficionados locales y foráneos alrededor de la vieja Imperial, por lo que no es raro encontrarse con unos cuantos compañeros de afición en las cercanías de la estación de Zumarraga. Aparte de ello, las excepcionales circulaciones del Museo Vasco del Ferrocarril en la celebración de su XXV. Aniversario atrajeron muchos visitantes al mismo, de las que destacó un tren de locomotoras formado por la Alsthom Vasco-Asturiana 1004 (1965), la Portugal E-205 de CP (1913), la Euzkadi (1920), la Aurrera (1898) y la Zugastieta (1888), todas ellas en perfecto estado de conservación y marcha para orgullo del excepcional museo dirigido por Don Juan José Olaizola, erudito como pocos sobre la historia de los caminos de hierro.



La Portugal arrastrando el automotor Allan y algunos coches más en la entrada de la estación de Azpeitia, sede del Museo Vasco del Ferrocarril. 12-X-2014.
  


La Zugastieta y el Allan durante su recorrido de ida y vuelta en el circuito de Lasao. 17-V-2015.

Comencé el día yendo a la pequeña estación de Brinkola, donde en un principio tenía pensado fotografiar el Tren Azul. De camino a la misma en una 446 de las nuevas en el núcleo con el interior remozado, la cosa empezó a torcerse un poco: recibí la noticia de que el convoy salió con aproximadamente 1:30h de retraso de Casetas, con lo cual su hora de llegada a Zumarraga distaría bastante de ser la de las 10:55h; además, el encapotado cielo de mi pueblo pasaba a ser en las cercanías del antiguo nudo ferroviario un cielo de traicioneras nubes y claros. Nada más bajar del tren me encontré con dos señores con cámaras de fotos observando la recién llegada unidad: eran J. Ignacio López (252031) y Javier Relea (Javitxutxu), quienes venían también a inmortalizarlo a su paso por el pequeño barrio legazpiarra. Allí entablamos una agradable conversación y comenzamos a esperar. Un rato después llegó el TECO Irun-Abroñigal arrastrado por la 253-007, que tuvo que parar para esperar que una recién llegada 447 PMR le dejase la vía libre y se estacionase detrás de la 446 en la que llegué, que tenía que partir pocos minutos después. 

Tras estar allí un rato más, viendo que el sol cada vez era menos favorecedor, decidimos poner rumbo a Legazpi, donde esperábamos que la luz fuera más benévola. Allí, después de dar unas cuantas vueltas tontas por el municipio por mi desconocimiento de la existencia de una salida directa desde la variante, le dimos caza hacia las 12 del mediodía al “Expreso del Urola” en su ascenso, aunque mi foto quedó algo trepidada y como el resultado no me satisfizo para nada decidí que también le daría caza a la tarde. Pudimos fotografiar un par de Cercanías, otro par de Alvias y un Media Distancia, éste último sorprendiendo a los dos visitantes al efectuar parada allí, cosa habitual por la amplia demanda de los usuarios del modesto apeadero de la población fabril en el que para poder captar dichas circulaciones tuvimos que cruzar las vías de malas maneras por la eliminación del cómodo paso a superficie que antiguamente le daba servicio, teniendo ahora que usarse el paso inferior del camino al cementerio. Tras estar allí un rato y como los planes de estos dos compañeros eran los de visitar mi pueblo, el cual no habían visitado desde hacía unos cuantos años, amablemente me llevaron otra vez con ellos. Allí, tras ver el apeadero y comprobar que las condiciones lumínicas eran favorables, cumpliendo mis labores de guía turístico, les llevé por la pista que pasando junto al cementerio y bajo el puente lleva montaña arriba a la Vía Verde del F.C. Minero de Mutiloa y a Españolamendi, pista en la que a raíz del corte de un pinar surgió hace unos meses un nuevo encuadre con una inmejorable vista de los viaductos. Al cabo de tres cuartos de hora, me tuve que despedir de estos dos encantadores compañeros tras fotografiar unos cuantos Cercanías, pues me esperaban en casa para comer.


A la tarde pude ya observar de cerca la composición: me acerqué a Zumarraga con la intención de fotografiar la composición entera estacionada como era costumbre en la vía 4 y echar un vistazo con más detenimiento a detalles como el reluciente emblema de la Compañía Internacional de Coches Cama (CIWL) presente en algunos coches. Ciertamente pude observar bastante bien todo ello, pero fotografiar bien el tren fue bastante más difícil debido a que apartaron la composición en una de las vías de los muelles de mercancías. Un amable vigilante de seguridad me dejó intentar ganar ángulo pasando las vías al lado de los almacenes, pero allí no había nada que hacer, el emplazamiento de los postes de catenaria hacía imposible sacar una foto con más ángulo sin tener un ojo de pez. Después vinieron Unax Askasibar y su amigo, del que ahora no recuerdo el nombre, y tampoco les puso ningún impedimento, pero al rato llegó un alopécico vigilante al que al parecer nuestra presencia no le hizo demasiada gracia y aprovechó la ocasión para reafirmar su autoridad y espetarnos que “si habíamos terminado ya nos marchásemos”. Así hicimos sin ni siquiera discutirlo, pues tampoco había nada que fotografiar ya. Faltaban unos minutos para el Cercanías que íbamos a tomar, ya que Unax y su amigo también le querían dar caza en Brinkola pero en el paso a nivel, así que nos fuimos acercando al andén y vimos pasar el Trasona con sus habituales primas en contraluz.  


Nos pusimos a esperar al Cercanías definitivamente, y allí, hablando con la simpática Ainhoa, la empleada de taquillas más atenta y afanosa que conozco y a la que aquel sábado puse nombre, ví a alquien que me sonaba, sobre todo por la curiosa funda que reviste su cámara con colores de camuflaje: se trataba de Iván Amelibia, acompañado de su amigo Mario. Querían fotografiar el tren de cerca pero tal y como les estaba diciendo la servicial empleada de la estación, aquel vigilante pelón no parecía querer dejar pasar a nadie a sacar fotos, y ella, mientras se hallaba sorprendida por la lejanía de su  les enseñó las fotos que tuvo ocasión de tomar un rato antes del interior del tren. Estuvimos hablando un rato, y me contaron que querían sacarlo en la curva de Brinkola, una osada decisión para quien no conoce la zona, más que nada por el limitado tiempo que les quedaba para llegar hasta ella. Me alegró ver a Iván por allí, pues hacía un buen tiempo que no lo veía (no al menos en la vía) y con un “hasta luego” me despedí de ellos, ya que seguramente nos veríamos de nuevo en Brinkola. A pocos minutos de que el Cercanías hiciera su entrada, empezaron a llegar los miembros de la AZAFT, y entre ellos pude ver al gran amigo Don Pablo Hidalgo Plaza, a quien después de tantos años pude ver por primera vez en persona, a unos cuantos metros de distancia y separado por la vía doble que desde principios del siglo XX da servicio a este tramo de la línea, claro. No pudimos ni siquiera darnos la mano ni entablar una conversación decente, pero sin duda fue un verdadero placer. También me pareció ver a Raúl entre ese gentío, un aficionado y ferroviario asturiano que conocimos Nabor y yo una tarde en el apartadero de Otzaurte pero no sé si sería él, de ser así desde aquí le mando un saludo. 

Ya de nuevo en Brinkola, al bajar del tren, ví que Andrés Basagoitia estaba preparándose para grabar su próximo vídeo (el cual como siempre quedó impecable, cosa que pude comprobar unas cuantas horas después) con la videocámara colocada en el trípode que se puede observar en el margen izquierdo de la fotografía. Estaba charlando con dos chavales beasaindarras, uno de los cuales, Beñat, había ido también a sacar alguna foto al protagonista del día; comentaban sobre el pasado y el presente de la pequeña estación, de la cual partían hace unas cuantas décadas seis u ocho autopullmans hacia el Santuario de Arantzazu llenos de fieles de toda la provincia llegados en tranvía, y de aquellas la estación tenía al parecer una decena empleados que se dedicaban a manejar la paquetería y mercancía que por las vías llegaba allí antes de partir de nuevo en dirección a la comarca del Debagoiena. Hoy día sin embargo su único cometido es albergar en su vía de apartado la maniobra de inversión de los Cercanías, que llegan hasta allí por dar servicio al importante núcleo poblacional e industrial de Legazpi, en el cual dicha maniobra es imposible en su sencillo apeadero. De no ser por esa razón, seguramente el núcleo de Cercanías terminaría en Zumarraga y Brinkola-Oñati, nombre oficial de la estación n.º 11305 situada en el P.K. 557,174 de la línea 100 a 475,6m sobre el nivel del mar en Alicante, estaría igual de abandonado que el apartadero de Zegama-Otzaurte, de n.º 11303 y situado en el P.K. 544,951 a 607,41m sobre el nivel del mar (nótese la pendiente del trazado, que sube 131,81m en 12 kilómetros dando un resultado de 10,98 milésimas), del cual no muy lejos estaban esperando como nosotros J. Ignacio y Javier, algo más abajo en Alsasua Iker, y ya bien infiltrado en territorio navarro Nabor, por Etxarri e Irurtzun. Tirando un cigarrillo a medio fumar cuando estimó que era conveniente, Andrés echó a volar el drone. Resultó su decisión algo temprana, pues el tren tardó más de lo esperado y la batería le comenzaba a escasear justo cuando se oyó el retumbar de los vetustos coches por todo el valle y el tren pasó, y con él llegó el anochecer; 


Por suerte tuvo suficiente batería para grabar la toma planeada completa y aterrizar de forma segura el drone delante del viejo muelle de mercancías, de donde lo despegó unos minutos antes. Después recogió los bártulos y se ofreció amablemente a llevarnos a nuestros respectivos pueblos, aunque yo, agradeciéndolo mucho, rechacé la oferta pues no me importaba volver en tren, ya que no iba a tardar mucho en salir el siguiente y el viaje me iba a salir gratis. Poco después llegarían Iván y Mario, muy satisfechos con la espectacular fotografía que acababan de tomar en unos centenares de metros atrás en la curva; quien no arriesga no gana, y desde luego que el riesgo que corrieron fue sin duda recompensado con una maravillosa fotografía digna de admiración que espero no tardar mucho en verla publicada por aquí. Allí conversamos afablemente un buen rato hasta que el Cercanías partió dando fin a la excepcional jornada. 

Así pues, desde aquí quisiera agradecer a todos los compañeros mencionados por su infinita amabilidad, la cual demuestra que a pesar de lo que a veces pueda llegar a parecer por culpa de algunos descerebrados y ruines, ésta afición está llena de gente que merece la pena conocer y con la cual es un placer compartir tiempo, recursos, conocimientos, y por supuesto, afición. A ellos, que hicieron de esta una jornada inolvidable, y a todos los compañeros que he tenido el placer de conocer durante todos estos años les dedico la fotografía y estas líneas que con tanta satisfacción dejo escritas. Desde luego que si con buena compañía una jornada cualquiera la afición al ferrocarril   se torna en un agradable rato con un buen amigo, en un día como este se convierte en un placer inigualable. Sin duda tengo la certeza de que habrá muchos más Días Azules como este para gozar de los trenes a los que tanto cariño tenemos. ¡Ferroaficionados somos y en la vía nos encontraremos! 

martes, 10 de septiembre de 2019

Agur Atxuri!



Muy pocas veces he tenido oportunidad de visitar Bilbao exclusivamente para tomar fotografías, y menos para tomar fotografías de Euskotren, pero esta vez no podía perder este tren, y nunca mejor dicho. Mi predilección hacia la vía ancha, la cual siendo sincero sigue en pie y que es fruto de vivir junto a una de sus líneas más importantes y estar ligado a ella desde siempre, ha hecho que al dar de lado a la vía estrecha (decir que le dí la espalda, a pesar de significar lo mismo, me suena peor y me parece exagerado) durante algún tiempo me perdí unas cuantas estampas irrepetibles, pero esta vez no podía dejar que eso volviese a ocurrir: Atxuri, la histórica terminal vizcaína, iba a ser cerrada el domingo al quedar integrados los trenes a Bermeo en la línea 3 de Metro. 

Tras explicarle el caso a mi padre, el sábado a la tarde decidimos partir hacia la Muy Noble y Muy Leal e Invicta villa, en la cual, tras recorrer su ensanche desorientados y encontrar un punto de referencia claro por el cual poder encontrar nuestro destino, pudimos aparcar ría arriba no muy lejos de la estación. Caminando por la ribera del Nervión llegamos hasta el puente de San Antón, donde se aprecia la exquisitez arquitectónica de los alrededores de la estación: la iglesia, cuya advocación es también de San Antón como la del puente, la casa cuna de construcción contemporánea a la estación y el Colegio Público Maestro García Rivero, un poco más tardío pero de igual calidad arquitectónica y digna de admiración. Pero la protagonista es la vieja estación de Atxuri, diseñada en estilo neovasco por Manuel María Smith y construida en 1914, complementando más que sustituyendo a la primitiva estación del Central de Vizcaya, construida en 1882. La elegante y achaflanada fachada principal, con el escudo de los Ferrocarriles Vascongados y su torreón, vio pasar en su día los antiguos Tranvías de Bilbao y desde hace casi dos décadas la calle adyacente ejerce de terminal para el moderno tranvía de Euskotren. 

Dentro, el sobrio y moderno vestíbulo, diáfano y quizás algo soso, contrastaba con el tradicional aspecto exterior del edificio. Un señor sacaba fotos al busto del D. José de Acillona y Garay, Marqués de Acillona y Presidente del Consejo de Administración de los Ferrocarriles Vascongados situado en un habitáculo más acogedor junto a los tornos y a dos preciosas vidrieras, una con el logotipo de ET/FV y otra con el escudo de Bilbao. Unos pocos viajeros iban entrando a adquirir su billete para el próximo tren a Bermeo, que llegaría para partir en unos diez minutos; es el único servicio que alberga ya la vieja terminal. Mientras, un par de empleados de Euskotren parecían supervisar que todo marchaba correctamente. Mi padre, que como siempre que me acompaña y por la costumbre de todos estos años toma la iniciativa de preguntar por mí, tras saludar a uno de ellos le preguntó cuál sería la mejor forma de entrar a sacar unas cuantas fotografías. El empleado dice que en teoría no debería dejarnos porque no estaba permitido, pero que comprando un billete sencillo o más fácilmente con alguna Barik podría entrar, y disimuladamente desde el andén más cercano a la ría en el que no hay cámaras y la visión desde las oficinas de  es peor podría sacar buenas fotos sin atraer posibles problemas tanto a mí como a él. 

No es la primera vez que un empleado de Euskotren me advierte de las omnipresentes cámaras, que como el Gran Hermano en 1984 de Orwell parece que les vigilan: una noche de sábado hace unas semanas, después de sacar unas fotos a una 900 en dirección a Bilbao en Deba, un empleado me vio sacando fotos al edificio, no pareció darle demasiada importancia. Cuando crucé el andén se me acercó y me preguntó amablemente si podía esperarme hasta las diez para sacar fotos, ya que él terminaba su jornada a esa hora y a pesar de que no estaba permitido no iba a impedirme sacar más fotos. Que me lo advertía para que le vieran las cámaras cumpliendo su cometido, pero que él estaría más tranquilo de esperarme a que se fuera. Yo le respondí que sacaría un par más y que me iría, que no se preocupase. Ante este suceso pregunté a David, maquinista de Euskotren al que más de uno conocerá también por su faceta como aficionado. Me contestó que el nuevo reglamento sólo permite la fotografía bajo el permiso del personal a cargo de la estación, pero que normalmente, y como he podido comprobar, nadie pone ningún impedimento. Consultando el Reglamento o las “CONDICIONES GENERALES DE CONTRATACIÓN DE EUSKO TRENBIDEAK / FERROCARRILES VASCOS, S.A., SOCIEDAD UNIPERSONAL, APLICABLE A LOS SERVICIOS DE TRANSPORTE POR FERROCARRIL, TRANVÍA Y FUNICULAR” del 6 de febrero de 2018, esto es lo que dice precisamente el artículo pertinente a fotografía ferroviaria:

“3.8.- Las personas viajeras se abstendrán de sacar fotografías e imágenes de vídeo sin el permiso pertinente, salvo que éstas vayan a ser utilizadas para uso doméstico y en ningún caso público. Si así fuera, deberán contar con la aprobación verbal del personal de Euskotren en estaciones. Si se desean realizar fotografías o grabaciones de vídeo fuera del ámbito doméstico deberán solicitar dicho permiso al Departamento de Comunicación, Comercial y Marketing, que estudiará la petición y, en su caso, la autorizará.”

Así que, sin sin saber si esta actividad artística o periodística amateur, si es que se puede calificar así a la fotografía ferroviaria que llevamos a cabo en esta red social y en muchas otras, corresponde al ámbito doméstico o no, eximo de culpa a cualquiera de los empleados que facilitan nuestra actividad pero que no quieren mancharse las manos dando ningún permiso expreso, o que no se ven facultados para ello y piensan que alguna instancia superior debe ser quien nos autorice, ya que el reglamento es algo ambiguo y asustaría a cualquiera tener que lidiar con desafiar a semejante artículo escrito por la mano que te da de comer; no menciono a quien no conozca el reglamento porque confío en el buen hacer de los ferroviarios y en que habrá muy pocos casos, y en el caso en el que se desconozca el reglamento considero que la culpa es suya. En cualquier caso, agradezco el buen trato recibido de los empleados de Euskotren y de otras compañías ferroviarias en general. 

Pues bien, no me entretuve mucho y tras pasar la Mugi por el torno salí al andén a sacar la foto. No me importó demasiado no poder sacar la típica estampa del tren con el puente y la iglesia de San Antón de fondo ya que la protagonista era la estación, y además por las condiciones lumínicas hubiera obtenido un resultado bastante malo. Tampoco tardé mucho en salir de allí tras tomar unas cuantas fotos a la 976 que estaba apartada sin servicio; sería la primera y la última vez que la visitaría tal y como se la conoce hasta ahora. Aún se respiraba cierta normalidad, la cual seguramente mientras escribía el esbozo de esta descripción y maldecía a Instagram por no dejarme publicar ni fotos ni historias correctamente sería alterada por decenas de aficionados dándole el último adiós a la centenaria estación. ¿Qué harán con ella? Al parecer, por un plazo indefinido, se mantendrá como cochera, y después dará paso a la ampliación de la red tranviaria; las oficinas y el puesto de mando seguirán allí. Los vecinos del barrio de Atxuri ya empiezan a reclamar espacio, al parecer para dar un respiro a las instalaciones del Colegio Maestro Rivero en forma de “espacio polivalente” o eso dicen, y la idea de la AAFB de montar en ella un museo ferroviario se da ya por imposible tras su carpetazo en un pleno del Ayuntamiento. Yo, con que no desvirtúen demasiado sus características de estación, me conformo, y ya si hacen algo mejor, pues bienvenido sea, pero creo que ninguno de nosotros tiene la esperanza de que eso ocurra. 

jueves, 5 de septiembre de 2019

Muro andante


Tras un largo y a ratos algo aburrido verano (a pesar de las buenas vacaciones y algunas reseñables jornadas ferroviarias) va acercándose el momento de volver a la normalidad, tan ansiada por algunos y tan desdeñada por otros; a pesar de ello, el ferrocarril, siempre presente en nuestra mente, sigue arrastrándonos a la vía, en algunos casos para observar y captar el paso de excepcionales circulaciones. El pasado martes me levanté bastante tarde y nada más encender el teléfono me encontré con el aviso de la bajada a mis lares de una de ellas. No había tiempo que perder, así que vistiéndome rápidamente subí al enclave del puente lado Madrid. La luz no me convencía en exceso así que pensé que en el encuadre de la fotogafía “Lo viejo y lo nuevo” era más conveniente, además de que le añadiría cierta espectacularidad. Para ello tenía que cruzar los puentes, uno de los dos, así que elegí el nuevo por comodidad, dándose la casualidad de que a mitad de camino el 16001 pasó en dirección Irún a escasos centímetros de mí. No lo tenía previsto, pero tampoco corrí ningún peligro. 
Me situé en el mencionado encuadre y ya podía oír la lejana voz sintética de la megafonía del apeadero: “Tren bat pasako da gelditu gabe, trenbideak ez gurutzatu/Va a pasar un tren sin parada, no crucen las vías”. Preparé la cámara… pero lo que venía era el Surex, que de vez en cuando, como fue el caso, se cruza en mi pueblo con el Arco.


Poco más tuve que esperar para disfrutar de estos curiosos armatostes, la 319-340 arrastrando el VUR, ambos en un deplorable estado estético en el que tiene origen el título y del que no merece la pena extenderse en demasía, aunque cabe mencionar que el frontal de la locomotora la pude limpiar obteniendo un resultado más que aceptable tras un buen rato frente al ordenador, no atreviéndome así con el resto de suciedad. 


Mientras a una velocidad bastante ligera se deslizaba por el viaducto en dirección a Irún este auscultador ultrasónico, una pequeña ardilla roja, quizás alertada por las casi imperceptibles vibraciones y temblores causados por el paso del convoy, asomaba la cabeza entre los raíles de la vía 1 del viejo viaducto, la de Irún, que no se ve en la fotografía. Mientras sacaba algunas fotografías del estado del puente para un compañero de Instagram, se dio un garbeo saltando y corriendo de forma envidiable por el tablero del puente, dejándose captar por mi cámara en un intento de “barrido”. Quién sabe, ¡quizás a ella también le gustan los trenes!


miércoles, 28 de agosto de 2019

Vacaciones pirenaicas

Este agosto podría decir que he tenido unas de las vacaciones más productivas en cuanto a fotografía ferroviaria de los últimos años. El viaje, efectuado en una furgoneta camperizada de un modo algo rústico por mi padre hace unos años, se centró en la carretera N-260, el Eje Pirenaico, que une las localidades de Sabiñánigo y Portbou en paralelo a los pirineos, de ahí su nombre; la dejamos en varios puntos para visitar regiones más interesantes, pero siempre la tuvimos como eje principal del viaje. Planeé unas cuantas paradas para un viaje más pausado, aunque como es costumbre los planes o no se cumplen o se cumplen de formas inesperadas, así que mi padre se hizo el trayecto hasta el mediterráneo en tres días, por lo cual unos cuantos días quedaron colgados y sin ningún plan, aunque por suerte supimos salir del atolladero. 

Tras un primer día de muchos kilometros de recorrido, pasando por los impresionantes paisajes de tejados de pizarra, estrechos valles rocosos y centrales hidroeléctricas del pirineo aragonés, y tras visitar la bonita ciudad de Viella y el precioso Valle de Arán, pasamos la primera noche en Rialp, junto al río Noguera Pallaresa, cerca de un campo de fútbol municipal donde pude presenciar por primera vez en directo un concurso canino de entrada libre que duró hasta las 23:00h de la madrugada. Sobre el mismo he de decir que me cansé de verlo a los 5 o 10 minutos de llegar y estuvimos allí unos 20 minutos, pero puede que alguien encuentre estos eventos entretenidos como yo me entretengo viendo pasar trenes, y también hay que halagar la habilidad de hacer que un perro pueda participar correctamente en un concurso así, por ello me parece algo respetable y no me alargaré más criticándolo. También hay que decir que a pesar de lo que pueda parecer no nos dieron una noche de perros, sus dueños los tenían bastante bien educados y muy pocos ladraron a lo largo de la noche, cosa que era de agradecer ya que la mayoría de participantes pernoctaban allí mismo y creo que todos hemos sufrido alguna vez el efecto dominó de ladridos de los perros del barrio una noche cualquiera de verano. 

El segundo día intentamos visitar Andorra entrando por la frontera cercana de La Seu d’Urgell, pero un desprendimiento ocurrido el día anterior hizo que el tráfico se desviase por el parking de un supermercado; el de entrada al país por el interior del parking y el de salida por el exterior. Al medir nuestra furgoneta 2,52m de altura nos denegaron la entrada en la aduana andorrana, y al volver a a pasar por la aduana española un joven agente de la Guardia Civil nos detuvo para registrar nuestro vehículo a pesar de que como era evidente no podíamos haber traído nada que declarar, así que no nos entretuvieron demasiado y volvimos por donde habíamos venido, pasando la mañana en La Seo de Urgel. Después de recorrer sus calles, nos dirigimos hacia Puigcerdá y tras hacer acopio de provisiones y comer junto a la vía del Train Jaune que por desgracia pasaba algo más tarde, nos dirigimos al Pas de la Casa para poder entrar a Andorra, pasando de camino por la estación internacional de Latour-de-Carol/Enveitg. 

Allí, en una corta visita, pude capturar la BB7267 con el Intercités de Nuit a París-Austerlitz y el TER a Toulouse esperando estacionados su hora de partida, éste último con un banderín rojo en uno de los testeros, que según el compañero Kev Le Galicien señala que el convoy está pendiente de limpieza antes de salir; además pude ver un Régiolis apartado junto a los antiguos muelles de mercancías. 


La estación fronteriza del transpirenaico oriental, un edificio señorial, elegante y bien mantenido, albergaba a la sombra de su marquesina a unos cuantos viajeros que esperaban al Rodalies que estaba a punto de llegar. Tras esta pausa visitamos Andorra: un paisaje idílico pero en el que no había mucho más que tiendas, tiendas y más tiendas, y con precios no demasiado ventajosos, al menos comparados con los de hace unos cuantos años o los de internet. Eso sí, el ahorro de unos 25-30 céntimos por litro en el gasoil compensó la inmensa vuelta que nos hizo dar el desprendimiento. Al final, hacia las 19:30h llegamos a Ribas de Freser, donde aparcamos la furgoneta junto a la oficina de turismo, en un parking propiedad de la FGC donde después pasaríamos la noche. Visité la estación del cremallera y allí saqué unas cuantas fotos a una de las últimas circulaciones del día (si no la última) y a pesar del poco tiempo que quedaba para que éste cerrase sus puertas, pude apreciar el pequeño museo del cremallera, uno de los más pequeños y a la vez más bonitos que he podido ver. Hay que mencionar también su gratuidad, cosa poco común en los museos que ya pagamos por medio de impuestos, aunque quizás se contrarreste por el bajo mi punto de vista alto precio de los viajes del cremallera, el único medio de transporte al Valle de Nuria. 

Aquella noche nos despertó una increíble tormenta de rayos, truenos y granizos hacia las 5:00 de la madrugada, que golpeó el techo del furgón sin compasión y armando un increíble estruendo durante un cuarto de hora aproximadamente. La pobre gente la de la furgoneta de al lado, unos turistas si no recuerdo mal de los Países Bajos que tenían abiertas dos claraboyas en el techo, con lo cual debieron salir quizás no muy mal parados de aquella tormenta, pero con un gran susto en el cuerpo, eso seguro. 


A la mañana siguiente, tras sacar una foto al segundo cremallera ascendiente del día a su paso por el puente sobre el Feser, pasando junto a la estación de bomberos y el matadero municipal, incluido en el Inventario de Patrimonio Arquitectónico de Cataluña y el primero que pude observar pero no apreciar de todos esos edificios industriales que caracterizan el Ripollés. Salimos ya con destino Figueras, y alrededor de la carretera se podían ver infinidad de ingenios hidroeléctricos, papeleras, industrias varias, todas ellas me atrevería a decir que eran decimonónicas, algunas de ellas en estado de total ruina pero algunas otras conservadas decentemente. Ojalá hubiera podido detenerme tanto como quise para poder documentar todas ellas pero me tuve que conformar con ver el Pont de la Cabreta: que salvando el Freser unía Campdevánol, el siguiente municipio, con Ribas; y la central situada a su vera, de principios de siglo y de la cuál no he encontrado información al respecto, aunque seguramente servía a la Papelera del Freser, situada escasos metros río abajo y hoy día reconvertida en parking de autocaravanas. Sin parar en Ripoll, pasamos también por San Juan de las Abadesas: se me hizo llamativo apreciar desde la furgoneta que no queda casi nada, quitando algunos viaductos, del ramal minero que Norte electrificó también en 1929 como mi querido tramo de la Imperial. En algunos puntos del trazado nadie diría que por allí pasaba un intenso tráfico ferroviario, parecía un simple camino bucólico. 

Al alcanzar la costa visitamos las localidades de Rosas, Port de la Selva, Llança y al fin Portbou y Cerbère. En ellas pude sacar unas cuantas fotografías al material que andaba por allí, como las 447 de Rodalies o los TER franceses. La estación de Portbou se encontraba en obras, así que el ambiente de la misma estaba algo enrarecido, añadiéndole polvo gris y estruendos de martillos hidráulicos a la habitual melodía de golpes y chirridos de este tipo de estaciones. 


Si bien había muchísima más actividad que en Latour-de-Carol, podría atreverme a decir que había más viajeros esperando en Latour; la mayoría de los que esperaban en el vestíbulo de la gran estación portbouense eran jóvenes mochileros franceses de regreso a su patria, y no eran demasiado numerosos. Además, la estación presentaba un estado algo lamentable, con la mayoría de sus dependencias cerradas y las ventanas de sus estancias superiores tapadas por contraventanas que en algunos casos poco les faltaba para caerse después de sufrir durante quién sabe cuántas décadas la tramontana, que golpea duramente y a la vez refresca estas poblaciones costeras. Este mismo viento sería el autor también de los desperfectos en la “vidriera” (si es que hoy día se le puede llamar así, pues el material amarillento que la compone seguramente sea algún tipo de lámina de plástico grueso) de la gran marquesina de hierro que tanto caracteriza esta estación que data de 1929, de los tiempos de MZA, de los tiempos de las aduanas, de los porteadores y trasbordistas, de Guardias Civiles tras contrabandistas y estraperlistas. Sin embargo, esta decadencia está muy bien disimulada por su grandeza, que empequeñece los mencionados detalles. 


Tampoco el bello pueblo de Portbou se salva de la decadencia, las fachadas de las más nobles a las más humildes casas lo delatan. Mi padre, mientras me esperaba junto a mi hermano se encontró junto a un contenedor de basura un antiguo petate de la Deutsche Bundeswehr, el ejército alemán, muy probablemente de una unidad médica por las siglas que lo acompañan, “BMG” o Bundesministerium für Gesundheit o Ministerio Federal de Salud. Aún investigo su procedencia exacta y mi padre está esperando a que tenga alguno de sus buzos del trabajo lo suficientemente sucio para meter el petate junto a él y lavarlo como es debido sin que se entere mi madre. 


Al llegar a Cerbère después de pasar por los pintarrajeados y abandonados puestos fronterizos, tras apearme de la furgoneta para sacar rápidamente unas cuantas fotos a la estación mientras anochecía, un joven trajeado se acercó al vehículo. Pensando que sería algún trabajador de la misma, me apresuré a hacer lo que tenía que hacer y salirme con la mía. Resultó ser un viajero borracho que pensaba que aquella furgoneta era el taxi que esperaba, y pedía llamar a un taxi desde el teléfono de mi padre. Él se hizo el tonto fingiendo no entenderle “para no meterse en rollos raros” y el hombre se marchó, volviendo al rincón donde esperaba sentado. 


Tras estos días hubo unos cuantos de menor interés en general, dedicados al ocio y esparcimiento costero habitual. Seguimos la costa hacia el sur bañandonos en unas cuantas playas y visitamos unos cuantos pueblos pintorescos muy recomendables por el interior: Pals, Peratallada y Monells, éste último famoso por ser rodada en él la película “8 apellidos catalanes”. Cuanto más bajabamos menos refrescaba aquella tramontana y al final, hartos por un bochornoso día que colmó nuestra paciencia, emprendimos el camino a la inversa. 


Tras un sablazo de 12€ en el túnel del Cadí y muchos kilómetros, visitamos la el pueblo de Puigcerdá y di caza en al Train Jaune que la otra vez no pude fotografiar, auvisitamos Ripoll y pude entrar a la estación, donde fotografié una 447, y después, de nuevo Ribas de Freser, donde de pura potra pude fotografiar justo antes de partir hacia Castellar de Nuch, pueblecito donde pernoctaríamos aquella jornada, las unidades A8 y A7 en dirección ascendente, una tras la otra. 


Casualmente, ya que fue mi hermano quien mirando una aplicación propuso este pueblo, resultó que  era famoso por su antigua e impresionante cementera Asland, que cuenta con su propio ferrocarril industrial, hoy de uso turístico. Por desgracia, debido a lo temprano de nuestro paso por allí al día siguiente no pude verlo en funcionamiento y solo pude ver las cocheras y las vías, reconstruidas reutilizando material de mil sitios distintos. Tirafondos modernos, de los 70, RN, de punto, de otros tipos que no recuerdo, algunos amartillados, cosa prohibidísima en su día… Espero volver alguna vez para poder observar esta instalación industrial tan bonita con más detenimiento. 

Finalmente, tras otra visita a Viella, otra noche en Pont de Suert,  y una visita al pueblo en reconstrucción de Jánovas, abandonado por coacción de Iberduero para facilitar la construcción de un embalse que nunca se llegó a construir, la última parada ferroviaria fue en Jaca, poco antes de volver a casa. Allí, tras establecernos en el camping, me monté en mi bicicleta y recorrí los poco más de tres kilómetros que distan del establecimiento de acampada a la estación de ferrocarril. Tuve que preguntar a una amable señora para cerciorarme de que iba en el camino correcto y al final llegué con el tiempo de sobra para ver cómo curiosamente la terraza de la cantina estaba a rebosar y cómo poco a poco la pequeña marquesina se llenaba de gente joven que esperaba la llegada del canfranero en dirección a Zaragoza, no llegando en total ni a la cuarta parte de gente que tomaba algo en el mencionado establecimiento hostelero. La vegetación crecía en las vías asomando en los impecablemente limpios andenes. Dos generaciones de relojes, el clásico Paul Garnier y el setentero Bodet, marcaban la hora igual de erróneamente. Ya todo el mundo tiene teléfono y hasta el reloj de pulsera ha quedado relegado a un segundo lugar, así que es un desperfecto sin demasiada importancia; al menos se mantienen en su lugar. El factor de circulación, ataviado con su característica gorra y banderín, salió a ayudar a apearse a los viajeros, hablar con los maquinistas y, soplando el silbato, dar salida al “tamagochi” 596-017 que fotografié poco antes junto a la aguada. 


Después llegaría media hora más tarde en sentido ascendente el 013, que se llenó esta vez con una familia y unos cuantos viajeros de avanzada edad. El factor, mientras volvía al gabinete, miraba a la cámara, que en ese instante le tomaba una fotografía junto al pequeño automotor, con una sonrisa, seguramente fruto de haber cumplido ya satisfactoriamente su trabajo, faltando poco menos de una hora para terminar su jornada de trabajo. Volvía la tranquilidad a la estación de Jaca, volvía a pararse el tiempo. El ferrocarril, factor del progreso de muchas regiones durante décadas, hoy día no es más que parte del paisaje en algunas; un recuerdo de otros tiempos, un remanente de lo fue y de lo que supuso en su día. Al menos nos queda el consuelo de su supervivencia.


sábado, 3 de agosto de 2019

A la carrera

Este mediodía, totalmente por sorpresa, ha tenido lugar mi primera persecución en bicicleta a un tren; sin embargo, aunque de primeras la cosa suene a fantasmada, es completamente real, aunque evidentemente hay trampa en esta curiosa persecución que ahora os voy a contar.
Poco antes de comer, mientras veía la tele y editaba algunas fotos, he oído varias pitadas por lo que he salido al balcón a ver cuál era la circulación que tanto escándalo creaba con sus bocinas. Para mi sorpresa, resultaba ser una 253 limpia, la 080 para ser más exactos, que mientras echaba chispas en su pantógrafo se deslizaba cuesta abajo por el puente, remolcada por el peso del TECO que debería remolcar a Abroñigal. Como antecedente hay que comentar que el martes por la noche oí el Trasona haciendo mucho ruido como si estuviera parado, y resultó que el miércoles estaba apartado en Beasain, cuando a su rescate acudió una 251 limpia. Por desgracia no pude captar esta curiosa circulación, aunque algunos compañeros tuvieron la fortuna de poder hacerlo, cosa de la que me alegro.
Nada más verlo me he vestido un chandal y zapatillas y me he dispuesto a subir a la estación para verlo pasar. Por desgracia, al llegar al portal me he dado cuenta de que se me había olvidado volver a insertar la tarjeta SD en mi cámara, por lo que tras subir a todo correr los tres pisos de escaleras para volver a bajar y subir después la cuesta de la estación. Para más inri, al llegar a la estación he podido observar que el TECO ya estaba pasando por el terraplén que salva el pequeño valle en el que se encuentra el caserío Andi, donde nació Tomás Zumalakarregi.

He vuelto a bajar al pueblo y he ido a por la bicicleta de mi hermano, una mountain bike con ruedas anchas y frenos de disco que prefiero no utilizar por su peso superior al de las bicicletas de corredor que estoy acostumbrado a usar. A toda marcha he salido del pueblo usando el carril bici, y he alcanzado la “cola” del tren cuando se ha detenido momentáneamente en Salbatore, junto al antiguo circuito de tráfico, hoy día una explanada de asfalto enterrada casi completamente en hierba. Nada más alcanzar a verlo, la 253 ha vuelto a dejarse deslizar, por lo que sin bajarme de la bici he seguido hasta la boca del túnel de Salbatore, aunque allí la cámara, por tenerla mal configurada, así que he tenido que seguirla a todo correr para poder captar su paso en el puente de Antzizar. Al llegar y bajarme de la bici, me ha comenzado a dar un ligero mareo, tal vez por la rapidez con la que me he incorporado, por la sed que no podía saciar por la falta de una botella de agua y por el esfuerzo de bajar a gran velocidad hasta Beasain con tantas subidas y bajadas de cuestas para alcanzar la vía, agravado probablemente también por mi asma y el Farias que fumé ayer de madrugada mientras veía “El Espantatiburones” junto a mi cuadrilla.


Al poco de llegar han asomado por el túnel a poca velocidad los primeros contenedores, por lo que he preparado la cámara y el encuadre y he esperado atento a que llegase la locomotora, mientras se me pasaba el momentáneo y ligero desvanecimiento. Al sacar la foto ya he descansado, tanto física como psicológicamente, y me he acercado a la estación de Beasain a beber agua en la fuente del parque más próximo y a observar dónde era apartado el mercante. Tras beber lo equivalente a dos o tres botellines de agua y sentarme en un banco, he podido ver cómo la 253-087 llegaba al rescate, sucia como ella sola, y paraba en paralelo a su fatigada compañera en la playa de vías de Beasain, que seguramente ha sufrido una falta de tracción.

Al final, tras esta curiosa carrera, he podido volver a casa hacia las tres y disfrutar de la comida, que aunque a deshoras, ha entrado bien. Por desgracia no todo es tan positivo, ya que al parecer durante alguna de mis paradas he perdido (o me han sustraído) el cuentakilómetros de la bicicleta de mi hermano, por lo que a la tarde he tenido que volver a hacer el camino hecho a la mañana para efectuar su búsqueda sin ningún resultado. Al menos, durante su infructuosa búsqueda he encontrado un abono de Cercanías de 1991, amarillo y larguirucho, para trayectos entre Andoain Apd. y San Sebastián, tirado en pleno bidegorri. Una curiosa manera de estrenar el agosto que ayer comenzó.