Al fin, tras tanto tiempo encerrados en una confusión generada por tantos aplausos, boletines oficiales,
comparecencias, eufemismos, murciélagos y
pangolines,
subvenciones, tecnicismos médicos, clases virtuales, colas
en los supermercados, mascarillas y
guantes, policías de balcón,
inconscientes e incívicos, vídeos de
enfermeros y ataúdes
bailongos, mentiras y medias verdades, comienzan a
devolvernos a plazos nuestra tan ansiada libertad en un proceso al
que han decidido llamar “desescalada” y el cual nos lleva de
camino a la “nueva normalidad” en la que la situación no parece demasiado alentadora; al menos parece que por el
momento tenemos el consuelo de que
iremos recuperando poco a poco la libertad de ejercer nuestra
afición. Durante estos meses de
un dichoso confinamiento esponjado y
monótono,
endulzado por los numerosos postres
y los buenos recuerdos,
saciado por el pan casero y
las buenas viandas, embriagado por el vino
tinto, la sidra y
el whisky añejo
y amargado por el café y los pensamientos de una mente inquieta, he
podido comprobar que la mayoría, si no
todos, hemos seguido disfrutando de este
nuestro hobby de una forma diferente, embarcándonos en proyectos
novedosos,
limpiando fotos de archivo, escribiendo, investigando, viendo pasar
los trenes desde el balcón... en fin, que
quienes vivimos amando a algo o a alguien no lo abandonamos de
nuestro pensamiento jamás, y recurrimos a ese refugio de su recuerdo
como sedante en nuestros peores momentos. Algunos,
quizás, se hayan dado cuenta ahora de
que no se valora lo que se tiene hasta que se pierde, o
quizás sigan inmersos en una burbuja;
yo, desde pequeño,
siempre he sido de los que
intentan
valorarlo todo lo
más positivamente posible aplicando
distintos puntos de vista para adaptarse
más fácil a todo; tanto es así que he
llegado hasta a engañarme a mí mismo, haciéndome creer que tener
X, hablar con Y o hacer Z era lo más, o
que tal o cual cosa era de una importancia
menor, a pesar de que creer
todo aquello no
me aportase más que un falso sosiego
y puro conformismo en
realidad: ahora, también algunos
nos damos cuenta de cuán superfluas
son algunas cosas a
las que damos una extrema importancia normalmente.
Como
podréis observar el aburrimiento y las noches en vela de la
cuarentena me han dado mucho en que
pensar, quizás demasiado: mi mente es a veces, como quizás lo sea
la vuestra, una cadena de pensamientos que
abarcan desde recuerdos vergonzosos, errores, planes de futuro,
preocupaciones del día a día… los cuales
se concatenan y alargan hasta el infinito, de tal manera que termino
durmiéndome de puro hastío, pero esto es peor cuando como en esta
ocasión, la rutina se rompe y la mente, desocupada y ociosa, queda
en un limbo de constantes pensamientos estériles e
incluso perniciosos durante días. Por
suerte estas últimas semanas he vuelto a tomar el control de mi
cabeza, pero hay veces que esta situación,
a la que vuelvo casi
cada noche, hace que mi mente no pueda descansar: en
la mañana del pasado jueves, madrugando casualmente por haber
dormido poco y mal de tanto pensamiento
involuntario, recibí el aviso de esta
curiosa circulación de la 253-045 en
dirección a Pamplona, tras lo cual no dudé en salir de mi domicilio
a dar un paseo hacia
el puente mientras de
entre los pinares levantaba la niebla.
Dicho paseo
entraba en mis
derechos como habitante de un pueblo de menos de no
recuerdo cuántos habitantes y a menos de
un kilómetro, así que no tuve de qué preocuparme, y menos dada la
escasa o casi nula presencia de gente en esa zona. No
era el primero de mis paseos postapocalípticos, pues salí a la caza
de la 251-004 también el pasado lunes con un resultado infructuoso:
vino más tarde de lo esperado y tenia que acudir a una clase
virtual.
Al
llegar al más que conocido encuadre del puente,
parecía que recientemente
la brigada de mantenimiento había colocado
material de obras
a ambos lados de
las vías
para renovar el pequeño canal que recoge las aguas pluviales junto a
la vía de Madrid.
Lo que estaba a punto de ver no
dejaba de ser una
253 aislada, pero, además del tiempo que
llevaba sin sacar una mísera foto a un tren, vaya
con la 253…
creo que no se ha visto en años una 253 tan limpia como esta, lo
cual, en parte, es bastante triste, ya que
representa el nivel de desidia que alcanza la compañía con su
propia imagen, y aún peor, el incivismo que practican muchos “tontos
del bote”, del bote de spray. Recibió,
con motivo de la visita del Tren de Noé a España —una
obra de arte de concienciamiento ambiental que rueda por el mundo en
un convoy de 200m de contenedores—
unas pequeñas modificaciones en su
decoración, unas briznas de hierba en las
esquinas incluyendo el lema “transporte
sostenible”, en un intento por parte de Renfe de aprovechar la
ocasión para limpiar su imagen, aunque quienes la conocemos de
verdad sabemos que, a pesar de ser el transporte ferroviario muy
sostenible, la empresa anda ahumando la catenaria de forma
innecesaria por su mala cabeza, controlada siempre por primos y
sobrinos del político de turno. Sin embargo, dejando de lado la
hipocresía, da gusto ver lo mimada que está esta locomotora desde
que recibió este engalanamiento, que algunos creímos temporal pero
que por suerte se ha perpetuado.
No
es la primera vez que circula por estas tierras, y probablemente
tampoco la segunda y mucho menos
la última, pero sí que es la primera vez
que posa ante el objetivo de mi cámara, aunque
se haya hecho de rogar, embobándome
de tal forma que se me olvidó sacarle una foto de cola...
esperemos que siga tan guapa como entonces
la próxima vez, que esperemos que sea en
un ambiente más normalizado.
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