sábado, 28 de noviembre de 2020

 


Hemos llegado ya al ocaso de este 2020, año inolvidable para bien y para mal. En este año marcado por la pandemia era un reto difícil disfrutar de la afición y de la vida en general, pero se ha hecho lo que se ha podido. No ha sido un año bueno para nuestra sufrida afición, pues en un abrir y cerrar de ojos han desaparecido los últimos coches convencionales, multitud de servicios que antes amenizaban las horas, ha vuelto a la carga la "Fundición de los Ferrocarriles Españoles" aunque se le haya podido parar los pies para salvar una rama de Talgo III entre otro material de interés, y, como guinda del pastel, ha desaparecido la revista HobbyTren, un medio de divulgación de esta afición que desde hace más de 25 años hacía llegar a los kioskos una muestra de nuestra afición sobre todo al tren real, y que cautivó durante años las miradas de niños como yo, que viendo aquellos impresionantes posters desplegables se inspiraba a hacer todo tipo de dibujos e incluso fotos de índole ferroviaria, con la cámara de dos megapíxeles de sus padres, claro. Pero este fatídico 2020 ha llegado ya casi a su fin y estamos viendo nacer el 2021, dejando atrás el amargo regusto de tantos planes mandados al garete, tantas personas separadas, tanta gente desesperada por su situación económica, tanto sufrimiento y tantas pérdidas, un regusto que por desgracia nos va a ser difícil eliminar como es comprensible, y más teniendo en cuenta que en los cerebros de nuestros dirigentes no hay nadie al volante. 

Para ilustrar este fin de año, estos días casi liminales entre un año y otro, elijo una de las pocas fotografías que tomé desde el puente internacional de Santiago, un lugar un tanto extraño y también liminal a día de hoy. Antaño punto de finalización de la N-I, homólogo de asfalto de nuestro Ferrocarril del Norte, ha sido despojado de gran parte de su carácter fronterizo y tráfico por y gracias al espacio Schengen y la A-8. A pesar de la peatonalización de este viejo paso sustituido por un puente de hormigón pocos metros más arriba, aún la zona guarda ese regusto de tierra de nadie, de lugar de paso. Las licorerías y los bares de no demasiado buena reputación que quedan abiertos, ya algo decadentes por la menor afluencia de viajeros, ayudan a hacerse una pequeña idea de la actividad económica que en su día creaba por allí la por entonces mucho más palpable frontera y sus aranceles; también la inmensa playa de vías de Plaiaundi, su maraña de catenaria, sus convoyes mercantes en espera, sus grúas y tras todo ello los puentes ferroviarios que salvan el Bidasoa adentrándose en territorio francés guardan aún la esencia de aquellos tiempos, de lugar de paso.


El viejo puente de 1864, que comparten la vía ancha y la vía de ancho internacional, aguanta con dignidad el implacable paso del tiempo, pero no es ajeno al mismo: el primer arco presenta un trozo de sillar caído, y uno de los balconcillos ya tiene una parte de su balaustrada en el fondo del río. Por suerte parece que Fomento efectuará algunas obras de mejora próximamente, haciendo que recupere seguramente el esplendor de viejos tiempos. Quizás esta desidia, no carente de belleza, todo hay que decirlo, en la que se ve inmerso el puente va en consonancia con la pérdida de importancia de la frontera pero también del transporte internacional ferroviario, que aunque no haya cesado es bastante más reducido de lo que era en su día. A día de hoy, además, ningún tren de viajeros lo cruza ya, pues el Surexpreso está a la espera de ser restablecido aunque nada se sabe de la fecha prevista (quizás ni siquiera esté prevista, al menos por parte de Renfe), y el pobre Arco hace meses que desapareció; además, ya ni los trenes franceses parecen hacer el intento de llegar a Irún para facilitar el transbordo, así que en este momento el pobre puente está relegado a un uso puramente mercantil. Por suerte, parece que la SNCF quiere recuperar el nocturno "Paloma Azul" o Lunea París-Hendaya, lo que al menos puede avivar un poco el panorama en dicha estación fronteriza, estancada en el tiempo y sin demasiados viajeros que da casi la misma impresión de desuso que las estaciones de Portbou y Cerbére: en estas el panorama era quizás aún más desolador en ese sentido, dado que ni siquiera las poblaciones a las que sirven, sumidas también en esa decadencia postfronteriza, les dan una mínima actividad de cercanías.


Entre ambos puentes, más cerca del carreteril de Santiago que del señorial puente decimonónico, se encuentra el más modesto pero quizás mejor conservado —que no mantenido— puente del Topo, que cada cuarto de hora pasa dos veces por él, primero cruzando a Hendaya y después de vuelta hacia San Sebastián. No parece que lleve demasiada gente tras la frontera, pero al menos facilita un servicio de trasbordo que las dos compañías nacionales no parecen estar muy interesadas en ofrecer. Éste topo era en realidad el objetivo principal de mi parada en el lugar, pues representaba un valor seguro a la hora de fotografiar alguna circulación allí. No obstante, con un adelanto de varios minutos, llegó una 900 a la estación de Ficoba hacia Amara nada más aparcar, haciendo que la "parada relámpago" prevista fuera alargada una decena de minutos más. Por suerte, el paisaje espectacular que representan estos puentes y el río Bidasoa, frontera natural en sus últimos kilómetros antes de desembocar en la Bahía de Txingudi amenizaron la espera, así como este dichoso tractor de maniobras de la SNCF, una caza verdaderamente inesperada y que me pilló sacando fotos a detalles del puente desde el paseo que hay en la orilla francesa. 


Quién sabe si en un futuro no volverá a estar en auge esta zona, quizás por los aires proteccionistas y estatistas que se vienen respirando los gobiernos ansiosos de manejar nuestro dinero desde hace un tiempo y más gracias a esta pandemia. Esperemos, que en lugar de ese auge del hermetismo, el motivo sea el resurgimiento de los trenes de viajeros convencionales y también del transporte de mercancías por ferrocarril. En fin, estimados lectores y visores, espero que tengáis una feliz navidad y un mejor año 2021 en el que ahora estamos a punto de sellar nuestro pasaporte.


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