martes, 10 de septiembre de 2019

Agur Atxuri!



Muy pocas veces he tenido oportunidad de visitar Bilbao exclusivamente para tomar fotografías, y menos para tomar fotografías de Euskotren, pero esta vez no podía perder este tren, y nunca mejor dicho. Mi predilección hacia la vía ancha, la cual siendo sincero sigue en pie y que es fruto de vivir junto a una de sus líneas más importantes y estar ligado a ella desde siempre, ha hecho que al dar de lado a la vía estrecha (decir que le dí la espalda, a pesar de significar lo mismo, me suena peor y me parece exagerado) durante algún tiempo me perdí unas cuantas estampas irrepetibles, pero esta vez no podía dejar que eso volviese a ocurrir: Atxuri, la histórica terminal vizcaína, iba a ser cerrada el domingo al quedar integrados los trenes a Bermeo en la línea 3 de Metro. 

Tras explicarle el caso a mi padre, el sábado a la tarde decidimos partir hacia la Muy Noble y Muy Leal e Invicta villa, en la cual, tras recorrer su ensanche desorientados y encontrar un punto de referencia claro por el cual poder encontrar nuestro destino, pudimos aparcar ría arriba no muy lejos de la estación. Caminando por la ribera del Nervión llegamos hasta el puente de San Antón, donde se aprecia la exquisitez arquitectónica de los alrededores de la estación: la iglesia, cuya advocación es también de San Antón como la del puente, la casa cuna de construcción contemporánea a la estación y el Colegio Público Maestro García Rivero, un poco más tardío pero de igual calidad arquitectónica y digna de admiración. Pero la protagonista es la vieja estación de Atxuri, diseñada en estilo neovasco por Manuel María Smith y construida en 1914, complementando más que sustituyendo a la primitiva estación del Central de Vizcaya, construida en 1882. La elegante y achaflanada fachada principal, con el escudo de los Ferrocarriles Vascongados y su torreón, vio pasar en su día los antiguos Tranvías de Bilbao y desde hace casi dos décadas la calle adyacente ejerce de terminal para el moderno tranvía de Euskotren. 

Dentro, el sobrio y moderno vestíbulo, diáfano y quizás algo soso, contrastaba con el tradicional aspecto exterior del edificio. Un señor sacaba fotos al busto del D. José de Acillona y Garay, Marqués de Acillona y Presidente del Consejo de Administración de los Ferrocarriles Vascongados situado en un habitáculo más acogedor junto a los tornos y a dos preciosas vidrieras, una con el logotipo de ET/FV y otra con el escudo de Bilbao. Unos pocos viajeros iban entrando a adquirir su billete para el próximo tren a Bermeo, que llegaría para partir en unos diez minutos; es el único servicio que alberga ya la vieja terminal. Mientras, un par de empleados de Euskotren parecían supervisar que todo marchaba correctamente. Mi padre, que como siempre que me acompaña y por la costumbre de todos estos años toma la iniciativa de preguntar por mí, tras saludar a uno de ellos le preguntó cuál sería la mejor forma de entrar a sacar unas cuantas fotografías. El empleado dice que en teoría no debería dejarnos porque no estaba permitido, pero que comprando un billete sencillo o más fácilmente con alguna Barik podría entrar, y disimuladamente desde el andén más cercano a la ría en el que no hay cámaras y la visión desde las oficinas de  es peor podría sacar buenas fotos sin atraer posibles problemas tanto a mí como a él. 

No es la primera vez que un empleado de Euskotren me advierte de las omnipresentes cámaras, que como el Gran Hermano en 1984 de Orwell parece que les vigilan: una noche de sábado hace unas semanas, después de sacar unas fotos a una 900 en dirección a Bilbao en Deba, un empleado me vio sacando fotos al edificio, no pareció darle demasiada importancia. Cuando crucé el andén se me acercó y me preguntó amablemente si podía esperarme hasta las diez para sacar fotos, ya que él terminaba su jornada a esa hora y a pesar de que no estaba permitido no iba a impedirme sacar más fotos. Que me lo advertía para que le vieran las cámaras cumpliendo su cometido, pero que él estaría más tranquilo de esperarme a que se fuera. Yo le respondí que sacaría un par más y que me iría, que no se preocupase. Ante este suceso pregunté a David, maquinista de Euskotren al que más de uno conocerá también por su faceta como aficionado. Me contestó que el nuevo reglamento sólo permite la fotografía bajo el permiso del personal a cargo de la estación, pero que normalmente, y como he podido comprobar, nadie pone ningún impedimento. Consultando el Reglamento o las “CONDICIONES GENERALES DE CONTRATACIÓN DE EUSKO TRENBIDEAK / FERROCARRILES VASCOS, S.A., SOCIEDAD UNIPERSONAL, APLICABLE A LOS SERVICIOS DE TRANSPORTE POR FERROCARRIL, TRANVÍA Y FUNICULAR” del 6 de febrero de 2018, esto es lo que dice precisamente el artículo pertinente a fotografía ferroviaria:

“3.8.- Las personas viajeras se abstendrán de sacar fotografías e imágenes de vídeo sin el permiso pertinente, salvo que éstas vayan a ser utilizadas para uso doméstico y en ningún caso público. Si así fuera, deberán contar con la aprobación verbal del personal de Euskotren en estaciones. Si se desean realizar fotografías o grabaciones de vídeo fuera del ámbito doméstico deberán solicitar dicho permiso al Departamento de Comunicación, Comercial y Marketing, que estudiará la petición y, en su caso, la autorizará.”

Así que, sin sin saber si esta actividad artística o periodística amateur, si es que se puede calificar así a la fotografía ferroviaria que llevamos a cabo en esta red social y en muchas otras, corresponde al ámbito doméstico o no, eximo de culpa a cualquiera de los empleados que facilitan nuestra actividad pero que no quieren mancharse las manos dando ningún permiso expreso, o que no se ven facultados para ello y piensan que alguna instancia superior debe ser quien nos autorice, ya que el reglamento es algo ambiguo y asustaría a cualquiera tener que lidiar con desafiar a semejante artículo escrito por la mano que te da de comer; no menciono a quien no conozca el reglamento porque confío en el buen hacer de los ferroviarios y en que habrá muy pocos casos, y en el caso en el que se desconozca el reglamento considero que la culpa es suya. En cualquier caso, agradezco el buen trato recibido de los empleados de Euskotren y de otras compañías ferroviarias en general. 

Pues bien, no me entretuve mucho y tras pasar la Mugi por el torno salí al andén a sacar la foto. No me importó demasiado no poder sacar la típica estampa del tren con el puente y la iglesia de San Antón de fondo ya que la protagonista era la estación, y además por las condiciones lumínicas hubiera obtenido un resultado bastante malo. Tampoco tardé mucho en salir de allí tras tomar unas cuantas fotos a la 976 que estaba apartada sin servicio; sería la primera y la última vez que la visitaría tal y como se la conoce hasta ahora. Aún se respiraba cierta normalidad, la cual seguramente mientras escribía el esbozo de esta descripción y maldecía a Instagram por no dejarme publicar ni fotos ni historias correctamente sería alterada por decenas de aficionados dándole el último adiós a la centenaria estación. ¿Qué harán con ella? Al parecer, por un plazo indefinido, se mantendrá como cochera, y después dará paso a la ampliación de la red tranviaria; las oficinas y el puesto de mando seguirán allí. Los vecinos del barrio de Atxuri ya empiezan a reclamar espacio, al parecer para dar un respiro a las instalaciones del Colegio Maestro Rivero en forma de “espacio polivalente” o eso dicen, y la idea de la AAFB de montar en ella un museo ferroviario se da ya por imposible tras su carpetazo en un pleno del Ayuntamiento. Yo, con que no desvirtúen demasiado sus características de estación, me conformo, y ya si hacen algo mejor, pues bienvenido sea, pero creo que ninguno de nosotros tiene la esperanza de que eso ocurra. 

jueves, 5 de septiembre de 2019

Muro andante


Tras un largo y a ratos algo aburrido verano (a pesar de las buenas vacaciones y algunas reseñables jornadas ferroviarias) va acercándose el momento de volver a la normalidad, tan ansiada por algunos y tan desdeñada por otros; a pesar de ello, el ferrocarril, siempre presente en nuestra mente, sigue arrastrándonos a la vía, en algunos casos para observar y captar el paso de excepcionales circulaciones. El pasado martes me levanté bastante tarde y nada más encender el teléfono me encontré con el aviso de la bajada a mis lares de una de ellas. No había tiempo que perder, así que vistiéndome rápidamente subí al enclave del puente lado Madrid. La luz no me convencía en exceso así que pensé que en el encuadre de la fotogafía “Lo viejo y lo nuevo” era más conveniente, además de que le añadiría cierta espectacularidad. Para ello tenía que cruzar los puentes, uno de los dos, así que elegí el nuevo por comodidad, dándose la casualidad de que a mitad de camino el 16001 pasó en dirección Irún a escasos centímetros de mí. No lo tenía previsto, pero tampoco corrí ningún peligro. 
Me situé en el mencionado encuadre y ya podía oír la lejana voz sintética de la megafonía del apeadero: “Tren bat pasako da gelditu gabe, trenbideak ez gurutzatu/Va a pasar un tren sin parada, no crucen las vías”. Preparé la cámara… pero lo que venía era el Surex, que de vez en cuando, como fue el caso, se cruza en mi pueblo con el Arco.


Poco más tuve que esperar para disfrutar de estos curiosos armatostes, la 319-340 arrastrando el VUR, ambos en un deplorable estado estético en el que tiene origen el título y del que no merece la pena extenderse en demasía, aunque cabe mencionar que el frontal de la locomotora la pude limpiar obteniendo un resultado más que aceptable tras un buen rato frente al ordenador, no atreviéndome así con el resto de suciedad. 


Mientras a una velocidad bastante ligera se deslizaba por el viaducto en dirección a Irún este auscultador ultrasónico, una pequeña ardilla roja, quizás alertada por las casi imperceptibles vibraciones y temblores causados por el paso del convoy, asomaba la cabeza entre los raíles de la vía 1 del viejo viaducto, la de Irún, que no se ve en la fotografía. Mientras sacaba algunas fotografías del estado del puente para un compañero de Instagram, se dio un garbeo saltando y corriendo de forma envidiable por el tablero del puente, dejándose captar por mi cámara en un intento de “barrido”. Quién sabe, ¡quizás a ella también le gustan los trenes!


miércoles, 28 de agosto de 2019

Vacaciones pirenaicas

Este agosto podría decir que he tenido unas de las vacaciones más productivas en cuanto a fotografía ferroviaria de los últimos años. El viaje, efectuado en una furgoneta camperizada de un modo algo rústico por mi padre hace unos años, se centró en la carretera N-260, el Eje Pirenaico, que une las localidades de Sabiñánigo y Portbou en paralelo a los pirineos, de ahí su nombre; la dejamos en varios puntos para visitar regiones más interesantes, pero siempre la tuvimos como eje principal del viaje. Planeé unas cuantas paradas para un viaje más pausado, aunque como es costumbre los planes o no se cumplen o se cumplen de formas inesperadas, así que mi padre se hizo el trayecto hasta el mediterráneo en tres días, por lo cual unos cuantos días quedaron colgados y sin ningún plan, aunque por suerte supimos salir del atolladero. 

Tras un primer día de muchos kilometros de recorrido, pasando por los impresionantes paisajes de tejados de pizarra, estrechos valles rocosos y centrales hidroeléctricas del pirineo aragonés, y tras visitar la bonita ciudad de Viella y el precioso Valle de Arán, pasamos la primera noche en Rialp, junto al río Noguera Pallaresa, cerca de un campo de fútbol municipal donde pude presenciar por primera vez en directo un concurso canino de entrada libre que duró hasta las 23:00h de la madrugada. Sobre el mismo he de decir que me cansé de verlo a los 5 o 10 minutos de llegar y estuvimos allí unos 20 minutos, pero puede que alguien encuentre estos eventos entretenidos como yo me entretengo viendo pasar trenes, y también hay que halagar la habilidad de hacer que un perro pueda participar correctamente en un concurso así, por ello me parece algo respetable y no me alargaré más criticándolo. También hay que decir que a pesar de lo que pueda parecer no nos dieron una noche de perros, sus dueños los tenían bastante bien educados y muy pocos ladraron a lo largo de la noche, cosa que era de agradecer ya que la mayoría de participantes pernoctaban allí mismo y creo que todos hemos sufrido alguna vez el efecto dominó de ladridos de los perros del barrio una noche cualquiera de verano. 

El segundo día intentamos visitar Andorra entrando por la frontera cercana de La Seu d’Urgell, pero un desprendimiento ocurrido el día anterior hizo que el tráfico se desviase por el parking de un supermercado; el de entrada al país por el interior del parking y el de salida por el exterior. Al medir nuestra furgoneta 2,52m de altura nos denegaron la entrada en la aduana andorrana, y al volver a a pasar por la aduana española un joven agente de la Guardia Civil nos detuvo para registrar nuestro vehículo a pesar de que como era evidente no podíamos haber traído nada que declarar, así que no nos entretuvieron demasiado y volvimos por donde habíamos venido, pasando la mañana en La Seo de Urgel. Después de recorrer sus calles, nos dirigimos hacia Puigcerdá y tras hacer acopio de provisiones y comer junto a la vía del Train Jaune que por desgracia pasaba algo más tarde, nos dirigimos al Pas de la Casa para poder entrar a Andorra, pasando de camino por la estación internacional de Latour-de-Carol/Enveitg. 

Allí, en una corta visita, pude capturar la BB7267 con el Intercités de Nuit a París-Austerlitz y el TER a Toulouse esperando estacionados su hora de partida, éste último con un banderín rojo en uno de los testeros, que según el compañero Kev Le Galicien señala que el convoy está pendiente de limpieza antes de salir; además pude ver un Régiolis apartado junto a los antiguos muelles de mercancías. 


La estación fronteriza del transpirenaico oriental, un edificio señorial, elegante y bien mantenido, albergaba a la sombra de su marquesina a unos cuantos viajeros que esperaban al Rodalies que estaba a punto de llegar. Tras esta pausa visitamos Andorra: un paisaje idílico pero en el que no había mucho más que tiendas, tiendas y más tiendas, y con precios no demasiado ventajosos, al menos comparados con los de hace unos cuantos años o los de internet. Eso sí, el ahorro de unos 25-30 céntimos por litro en el gasoil compensó la inmensa vuelta que nos hizo dar el desprendimiento. Al final, hacia las 19:30h llegamos a Ribas de Freser, donde aparcamos la furgoneta junto a la oficina de turismo, en un parking propiedad de la FGC donde después pasaríamos la noche. Visité la estación del cremallera y allí saqué unas cuantas fotos a una de las últimas circulaciones del día (si no la última) y a pesar del poco tiempo que quedaba para que éste cerrase sus puertas, pude apreciar el pequeño museo del cremallera, uno de los más pequeños y a la vez más bonitos que he podido ver. Hay que mencionar también su gratuidad, cosa poco común en los museos que ya pagamos por medio de impuestos, aunque quizás se contrarreste por el bajo mi punto de vista alto precio de los viajes del cremallera, el único medio de transporte al Valle de Nuria. 

Aquella noche nos despertó una increíble tormenta de rayos, truenos y granizos hacia las 5:00 de la madrugada, que golpeó el techo del furgón sin compasión y armando un increíble estruendo durante un cuarto de hora aproximadamente. La pobre gente la de la furgoneta de al lado, unos turistas si no recuerdo mal de los Países Bajos que tenían abiertas dos claraboyas en el techo, con lo cual debieron salir quizás no muy mal parados de aquella tormenta, pero con un gran susto en el cuerpo, eso seguro. 


A la mañana siguiente, tras sacar una foto al segundo cremallera ascendiente del día a su paso por el puente sobre el Feser, pasando junto a la estación de bomberos y el matadero municipal, incluido en el Inventario de Patrimonio Arquitectónico de Cataluña y el primero que pude observar pero no apreciar de todos esos edificios industriales que caracterizan el Ripollés. Salimos ya con destino Figueras, y alrededor de la carretera se podían ver infinidad de ingenios hidroeléctricos, papeleras, industrias varias, todas ellas me atrevería a decir que eran decimonónicas, algunas de ellas en estado de total ruina pero algunas otras conservadas decentemente. Ojalá hubiera podido detenerme tanto como quise para poder documentar todas ellas pero me tuve que conformar con ver el Pont de la Cabreta: que salvando el Freser unía Campdevánol, el siguiente municipio, con Ribas; y la central situada a su vera, de principios de siglo y de la cuál no he encontrado información al respecto, aunque seguramente servía a la Papelera del Freser, situada escasos metros río abajo y hoy día reconvertida en parking de autocaravanas. Sin parar en Ripoll, pasamos también por San Juan de las Abadesas: se me hizo llamativo apreciar desde la furgoneta que no queda casi nada, quitando algunos viaductos, del ramal minero que Norte electrificó también en 1929 como mi querido tramo de la Imperial. En algunos puntos del trazado nadie diría que por allí pasaba un intenso tráfico ferroviario, parecía un simple camino bucólico. 

Al alcanzar la costa visitamos las localidades de Rosas, Port de la Selva, Llança y al fin Portbou y Cerbère. En ellas pude sacar unas cuantas fotografías al material que andaba por allí, como las 447 de Rodalies o los TER franceses. La estación de Portbou se encontraba en obras, así que el ambiente de la misma estaba algo enrarecido, añadiéndole polvo gris y estruendos de martillos hidráulicos a la habitual melodía de golpes y chirridos de este tipo de estaciones. 


Si bien había muchísima más actividad que en Latour-de-Carol, podría atreverme a decir que había más viajeros esperando en Latour; la mayoría de los que esperaban en el vestíbulo de la gran estación portbouense eran jóvenes mochileros franceses de regreso a su patria, y no eran demasiado numerosos. Además, la estación presentaba un estado algo lamentable, con la mayoría de sus dependencias cerradas y las ventanas de sus estancias superiores tapadas por contraventanas que en algunos casos poco les faltaba para caerse después de sufrir durante quién sabe cuántas décadas la tramontana, que golpea duramente y a la vez refresca estas poblaciones costeras. Este mismo viento sería el autor también de los desperfectos en la “vidriera” (si es que hoy día se le puede llamar así, pues el material amarillento que la compone seguramente sea algún tipo de lámina de plástico grueso) de la gran marquesina de hierro que tanto caracteriza esta estación que data de 1929, de los tiempos de MZA, de los tiempos de las aduanas, de los porteadores y trasbordistas, de Guardias Civiles tras contrabandistas y estraperlistas. Sin embargo, esta decadencia está muy bien disimulada por su grandeza, que empequeñece los mencionados detalles. 


Tampoco el bello pueblo de Portbou se salva de la decadencia, las fachadas de las más nobles a las más humildes casas lo delatan. Mi padre, mientras me esperaba junto a mi hermano se encontró junto a un contenedor de basura un antiguo petate de la Deutsche Bundeswehr, el ejército alemán, muy probablemente de una unidad médica por las siglas que lo acompañan, “BMG” o Bundesministerium für Gesundheit o Ministerio Federal de Salud. Aún investigo su procedencia exacta y mi padre está esperando a que tenga alguno de sus buzos del trabajo lo suficientemente sucio para meter el petate junto a él y lavarlo como es debido sin que se entere mi madre. 


Al llegar a Cerbère después de pasar por los pintarrajeados y abandonados puestos fronterizos, tras apearme de la furgoneta para sacar rápidamente unas cuantas fotos a la estación mientras anochecía, un joven trajeado se acercó al vehículo. Pensando que sería algún trabajador de la misma, me apresuré a hacer lo que tenía que hacer y salirme con la mía. Resultó ser un viajero borracho que pensaba que aquella furgoneta era el taxi que esperaba, y pedía llamar a un taxi desde el teléfono de mi padre. Él se hizo el tonto fingiendo no entenderle “para no meterse en rollos raros” y el hombre se marchó, volviendo al rincón donde esperaba sentado. 


Tras estos días hubo unos cuantos de menor interés en general, dedicados al ocio y esparcimiento costero habitual. Seguimos la costa hacia el sur bañandonos en unas cuantas playas y visitamos unos cuantos pueblos pintorescos muy recomendables por el interior: Pals, Peratallada y Monells, éste último famoso por ser rodada en él la película “8 apellidos catalanes”. Cuanto más bajabamos menos refrescaba aquella tramontana y al final, hartos por un bochornoso día que colmó nuestra paciencia, emprendimos el camino a la inversa. 


Tras un sablazo de 12€ en el túnel del Cadí y muchos kilómetros, visitamos la el pueblo de Puigcerdá y di caza en al Train Jaune que la otra vez no pude fotografiar, auvisitamos Ripoll y pude entrar a la estación, donde fotografié una 447, y después, de nuevo Ribas de Freser, donde de pura potra pude fotografiar justo antes de partir hacia Castellar de Nuch, pueblecito donde pernoctaríamos aquella jornada, las unidades A8 y A7 en dirección ascendente, una tras la otra. 


Casualmente, ya que fue mi hermano quien mirando una aplicación propuso este pueblo, resultó que  era famoso por su antigua e impresionante cementera Asland, que cuenta con su propio ferrocarril industrial, hoy de uso turístico. Por desgracia, debido a lo temprano de nuestro paso por allí al día siguiente no pude verlo en funcionamiento y solo pude ver las cocheras y las vías, reconstruidas reutilizando material de mil sitios distintos. Tirafondos modernos, de los 70, RN, de punto, de otros tipos que no recuerdo, algunos amartillados, cosa prohibidísima en su día… Espero volver alguna vez para poder observar esta instalación industrial tan bonita con más detenimiento. 

Finalmente, tras otra visita a Viella, otra noche en Pont de Suert,  y una visita al pueblo en reconstrucción de Jánovas, abandonado por coacción de Iberduero para facilitar la construcción de un embalse que nunca se llegó a construir, la última parada ferroviaria fue en Jaca, poco antes de volver a casa. Allí, tras establecernos en el camping, me monté en mi bicicleta y recorrí los poco más de tres kilómetros que distan del establecimiento de acampada a la estación de ferrocarril. Tuve que preguntar a una amable señora para cerciorarme de que iba en el camino correcto y al final llegué con el tiempo de sobra para ver cómo curiosamente la terraza de la cantina estaba a rebosar y cómo poco a poco la pequeña marquesina se llenaba de gente joven que esperaba la llegada del canfranero en dirección a Zaragoza, no llegando en total ni a la cuarta parte de gente que tomaba algo en el mencionado establecimiento hostelero. La vegetación crecía en las vías asomando en los impecablemente limpios andenes. Dos generaciones de relojes, el clásico Paul Garnier y el setentero Bodet, marcaban la hora igual de erróneamente. Ya todo el mundo tiene teléfono y hasta el reloj de pulsera ha quedado relegado a un segundo lugar, así que es un desperfecto sin demasiada importancia; al menos se mantienen en su lugar. El factor de circulación, ataviado con su característica gorra y banderín, salió a ayudar a apearse a los viajeros, hablar con los maquinistas y, soplando el silbato, dar salida al “tamagochi” 596-017 que fotografié poco antes junto a la aguada. 


Después llegaría media hora más tarde en sentido ascendente el 013, que se llenó esta vez con una familia y unos cuantos viajeros de avanzada edad. El factor, mientras volvía al gabinete, miraba a la cámara, que en ese instante le tomaba una fotografía junto al pequeño automotor, con una sonrisa, seguramente fruto de haber cumplido ya satisfactoriamente su trabajo, faltando poco menos de una hora para terminar su jornada de trabajo. Volvía la tranquilidad a la estación de Jaca, volvía a pararse el tiempo. El ferrocarril, factor del progreso de muchas regiones durante décadas, hoy día no es más que parte del paisaje en algunas; un recuerdo de otros tiempos, un remanente de lo fue y de lo que supuso en su día. Al menos nos queda el consuelo de su supervivencia.


sábado, 3 de agosto de 2019

A la carrera

Este mediodía, totalmente por sorpresa, ha tenido lugar mi primera persecución en bicicleta a un tren; sin embargo, aunque de primeras la cosa suene a fantasmada, es completamente real, aunque evidentemente hay trampa en esta curiosa persecución que ahora os voy a contar.
Poco antes de comer, mientras veía la tele y editaba algunas fotos, he oído varias pitadas por lo que he salido al balcón a ver cuál era la circulación que tanto escándalo creaba con sus bocinas. Para mi sorpresa, resultaba ser una 253 limpia, la 080 para ser más exactos, que mientras echaba chispas en su pantógrafo se deslizaba cuesta abajo por el puente, remolcada por el peso del TECO que debería remolcar a Abroñigal. Como antecedente hay que comentar que el martes por la noche oí el Trasona haciendo mucho ruido como si estuviera parado, y resultó que el miércoles estaba apartado en Beasain, cuando a su rescate acudió una 251 limpia. Por desgracia no pude captar esta curiosa circulación, aunque algunos compañeros tuvieron la fortuna de poder hacerlo, cosa de la que me alegro.
Nada más verlo me he vestido un chandal y zapatillas y me he dispuesto a subir a la estación para verlo pasar. Por desgracia, al llegar al portal me he dado cuenta de que se me había olvidado volver a insertar la tarjeta SD en mi cámara, por lo que tras subir a todo correr los tres pisos de escaleras para volver a bajar y subir después la cuesta de la estación. Para más inri, al llegar a la estación he podido observar que el TECO ya estaba pasando por el terraplén que salva el pequeño valle en el que se encuentra el caserío Andi, donde nació Tomás Zumalakarregi.

He vuelto a bajar al pueblo y he ido a por la bicicleta de mi hermano, una mountain bike con ruedas anchas y frenos de disco que prefiero no utilizar por su peso superior al de las bicicletas de corredor que estoy acostumbrado a usar. A toda marcha he salido del pueblo usando el carril bici, y he alcanzado la “cola” del tren cuando se ha detenido momentáneamente en Salbatore, junto al antiguo circuito de tráfico, hoy día una explanada de asfalto enterrada casi completamente en hierba. Nada más alcanzar a verlo, la 253 ha vuelto a dejarse deslizar, por lo que sin bajarme de la bici he seguido hasta la boca del túnel de Salbatore, aunque allí la cámara, por tenerla mal configurada, así que he tenido que seguirla a todo correr para poder captar su paso en el puente de Antzizar. Al llegar y bajarme de la bici, me ha comenzado a dar un ligero mareo, tal vez por la rapidez con la que me he incorporado, por la sed que no podía saciar por la falta de una botella de agua y por el esfuerzo de bajar a gran velocidad hasta Beasain con tantas subidas y bajadas de cuestas para alcanzar la vía, agravado probablemente también por mi asma y el Farias que fumé ayer de madrugada mientras veía “El Espantatiburones” junto a mi cuadrilla.


Al poco de llegar han asomado por el túnel a poca velocidad los primeros contenedores, por lo que he preparado la cámara y el encuadre y he esperado atento a que llegase la locomotora, mientras se me pasaba el momentáneo y ligero desvanecimiento. Al sacar la foto ya he descansado, tanto física como psicológicamente, y me he acercado a la estación de Beasain a beber agua en la fuente del parque más próximo y a observar dónde era apartado el mercante. Tras beber lo equivalente a dos o tres botellines de agua y sentarme en un banco, he podido ver cómo la 253-087 llegaba al rescate, sucia como ella sola, y paraba en paralelo a su fatigada compañera en la playa de vías de Beasain, que seguramente ha sufrido una falta de tracción.

Al final, tras esta curiosa carrera, he podido volver a casa hacia las tres y disfrutar de la comida, que aunque a deshoras, ha entrado bien. Por desgracia no todo es tan positivo, ya que al parecer durante alguna de mis paradas he perdido (o me han sustraído) el cuentakilómetros de la bicicleta de mi hermano, por lo que a la tarde he tenido que volver a hacer el camino hecho a la mañana para efectuar su búsqueda sin ningún resultado. Al menos, durante su infructuosa búsqueda he encontrado un abono de Cercanías de 1991, amarillo y larguirucho, para trayectos entre Andoain Apd. y San Sebastián, tirado en pleno bidegorri. Una curiosa manera de estrenar el agosto que ayer comenzó.


jueves, 18 de julio de 2019

Lo viejo y lo nuevo


Ayer, antes de tomar esta fotografía y mientras me colocaba en el encuadre, pensé en el título de la misma: “Lo viejo y lo nuevo”. Sabía que era el mejor título que se me podía haber ocurrido, pero no recordaba qué tipo de obra llevaba ese mismo título. Por suerte, mientras preparaba esta descripción, recordé de dónde había sacado mi cerebro este título; se trata de la película homónima (aunque su nombre original fuera “La línea general”) de Serguéi Eisenstein, filmada en la Unión Soviética en 1929, muda y de 121 minutos de duración. En ella, como película propagandística que era, se pretendía mostrar los supuestos beneficios de la colectivización voluntaria de la agricultura mostrando el caso de una granjera pobre que iniciaba una cooperativa con la que un poblado de campesinos pasó de morirse de hambre a tener un tractor y casi nadar en la abundancia. A pesar de poner todo su empeño en ella y aplicar técnicas originales e innovadoras, Eisenstein, más conocido por su película estrella “Acorazado Potemkin”, tuvo que dejarla de lado para escribir el guión de otra película, encargada desde altas instancias y por tanto de mayor preferencia, que conmemoraría el décimo aniversario de la revolución de octubre. Además, con la muerte de Lenin y la llegada de Stalin, la política agraria cambió haciendo las colectivizaciones forzosas, así que a pesar de los cambios de última hora la película quedó coja de ideología y en consecuencia se estrenó sin pena ni gloria. La conocí gracias a las clases de Historia de la Economía Mundial de Iban Zaldua, que fue quien nos la puso y después la comentó, haciendo de esta vieja película soviética un excelente material didáctico. 

En este caso, lo viejo, el viaducto metálico de Alexander Lavalley, inaugurado en 1865 y clausurado en 1995, yace cada vez más deteriorado junto a lo nuevo, el viaducto de hormigón por el que el tráfico salva ahora el valle que el río Estanda y la erosión escarbaron en el terreno durante largo tiempo. La vegetación dificulta cada vez más el acceso al puente, aunque aún sigue siendo posible abrirse paso para llegar a la barandilla que hace de obstáculo último para entrar en el tablero por el que hasta hace poco más de dos décadas los trenes pasaban, por increíble que parezca. Una vez dentro de él, el aspecto más o menos saludable que presenta visto desde abajo empeora: las chapas que cubrían las traviesas cada vez se encuentran en peor estado, así como las que conforman la pasarela, a las que cualquiera con un mínimo de instinto de supervivencia ni siquiera se acercaría, ya que están muy debilitadas debido a la corrosión. Desde mi última visita, parece que alguien ha estado rebuscando cobre dentro de la cañería que cruza el puente en la pasarela derecha desde el lado Irún y que protegía algún tipo de cableado posiblemente telefónico o algo similar, dejando los tubos a su libre alvedrío en gran parte del puente. 

Siendo sincero, gestionar este tipo de patrimonio histórico es bastante complicado, y las autoridades pertinentes poco más pueden hacer que ponerlo en valor y hacer en la medida de lo posible un mínimo mantenimiento para que se mantenga en pie. Pocos se preocupan por el estado del viejo puente, y quien lo hace poco puede hacer. Por ello, es importante intentar que nadie lo vandalice, ya que bastante sufren estas estructuras por su naturaleza, como para que encima se dañen sin más motivo que el desahogamiento de la rabia de jóvenes casquivanos o el desvalijamiento y robo por parte de maleantes. Fui testigo una vez de la presencia de unos chatarreros merodeándolo, en busca de cualquier cosa que se pudieran llevar. Llamé a la Ertzaintza, ya que hace unos cuantos años, mientras sacaba fotos por la zona se apresuraron a personarse en el apeadero para interrogarme; en cambio esta vez ni se acercaron. Por suerte no hallaron nada que mereciera la pena encontrar.


Una 289.1 remolca la 253 y el bobinero Miranda-Irun. Tomada el 15-X-2015 hacia las 16:00.
De todas formas, es evidente que, aparte de su valor histórico, el cariño que parte del pueblo le tenía a este armatoste de hierro remachado, piedra sillar y hormigón armado hizo que se salvase, ya que gracias a ellos se conservó: un referendum organizado por el Ayuntamiento en 1991, antes de iniciarse la construcción del nuevo, zanjó la discusión del asunto con 376 votos a favor, 214 en contra y 46 votos en blanco. Hoy día, supongo que aunque poner en tela de juicio el valor del viaducto por medio de un referendum sería una burrada, pero también imagino que la puesta en valor del puente y del patrimonio industrial e histórico en general haría que el ratio de votos positivos fuera mayor, aunque quién sabe, quizás la decisión sobre su destino se hubiera tomado en algún despacho sin tener mucho en cuenta la opinión de los expertos o incluso del pueblo.

Mientras lo viejo sigue languideciendo, cada vez menos vecinos lo recuerdan en sus tiempos de esplendor, cuando convivían con el estruendo que hacían los trenes al pasar, cuando algún viernes a la noche algún joven impresentable se dedicaba a tirar desde las ventanillas de las veteranas 439 fluorescentes que soltaban de sus techos, cuando los niños se aventuraban a jugar en medio del mismo y coincidía con un cruce por lo cual corrían tenían que correr hasta el balconcillo más cercano como alma que lleva el diablo para no ser atropellados... en cambio lo nuevo sigue como nuevo: las barandillas del puente nuevo han recibido una mano de pintura hace unos meses, y debido a la lluvia de piedras que provocó uno de los vagones de un convoy balastero hace poco más de un año destrozando varias lunas y carrocerías de coches aparcados en las cercanías, estas relucientes barandillas se complementan con una malla de alambre que evitará cualquier suceso similar en un futuro. Y por lo nuevo pasaba este pestes en dirección a Irun, remolcado por la 253-042. Por suerte las nubes, que pocos minutos antes me querían jugar una mala pasada haciendo que la luz de sol hiciera peligrar mi foto, ayudaron a que el lateral no saliese sombrío. No es que el resultado me guste demasiado, con el testero de la locomotora trepidado, una luz un poco rara y un ligero desenfoque, pero al menos consigue representar lo que yo quería.



Dos puentes, dos japonesas, dos épocas, dos esquemas de color, dos servicios... la primera arrastra un Estrella a mediados de los ochenta. La segunda, la 289-104, arrastra un bobinero hacia Miranda una tarde de agosto de 2016.

martes, 2 de julio de 2019

Un caluroso «hasta luego»


El pasado jueves, una soleada y calurosa jornada en la cual las máximas superaron los 35º, tuve que volver a Vitoria tras casi un mes del inicio de mis vacaciones. Aproveché la ocasión de pasar un rato en la estación nada más llegar en el Regional Exprés 16000, ya que no tenía otra cosa que hacer hasta el mediodía. Ya durante el viaje y al bajar de éste se notaba la reducción de viajeros, especialmente de jóvenes, aunque en Alsasua, Araia, Salvatierra y Alegría el caudal de gente seguía siendo el mismo. Tras la vuelta de la 447 a tierras guipuzcoanas me dí un garbeo por los andenes y fotografié la extraña dresina de “Materiales férricos” que, según los autóctonos, llevaba dos semanas descansando en la vía de mantenimiento. Al fin, tras esperar poco menos de una hora, pude tomar una foto que, que yo recuerde, no tomé durante los nueve meses que llevaba habitando en la ciudad. Era la de este Surexpreso remolcado por la 252-034 estacionado antes de retomar su marcha a Hendaya.

Todo seguía igual tanto en la estación como en la ciudad, aunque con menos gente. Supongo que también las altas temperaturas desanimaron a muchos a salir a la calle, incrementando el vacío de las calles. Me paré en una esquina de la calle Dato con General Álava para observar el paso de los tranvías y autobuses cuando al rato una señora cercana a la cincuentena, con una voz gastada y desesperada me pidió un cigarro. -“Lo siento señora, no tengo tabaco”.- Siguió calle abajo mendigando aquel cigarro que tanto ansiaba a los pocos con los que se cruzaba, mientras yo tomaba unas pocas fotografías al ya mencionado material rodante. Di una vuelta por aquellas calles por las que hace un tiempo que no paseaba pero el calor empezaba a apretar verdaderamente, por lo que tomé el camino a casa al poco rato, para aprovechar el tiempo en otros menesteres.

A la tarde, me animé a ir a la estación para sacar unas cuantas fotos más, aunque el poco tráfico que hubo no hizo desmerecer la buena compañía de Luis, a quien mando un saludo. Ya ni los regionales navarros ni los guipuzcoanos igualaban como antes el gentío que generan los Alvias de Barcelona y Gijón. Por suerte, el Arco Camino de Santiago trajo tres coches y nos compensó un poco la espera, ya que vino con cierto retraso. De noche tampoco los bares de la calle de la Cuchillería tenían tantos clientes como hace semanas y era otra clientela la que alternaba ya; como por ejemplo, varios profesores jóvenes (y ya no tan jóvenes) que contaban a las 2 de la mañana del viernes que debían acudir a una hora temprana a un claustro.

El viernes a la tarde, montando en el Intercity 04177, me despedí al fin de la ciudad de Vitoria hasta principios de septiembre. La echaré sin duda en falta, pero no esta aborregada y medio vacía de verano, sino la alborotada y viva, la llena de gente.  

viernes, 31 de mayo de 2019

Operación Jundiz

Ayer al mediodía recibí el aviso de la visita de una Medway a Jundiz. En un principio no estaba para nada motivado a salir a su caza, ya que tenía que estudiar para el exámen de Introducción a la Edad Media y me convenía quedarme en casa estudiando. Además, desde que llegué a Vitoria he salido bastante poco de la estación, y no me apetecía irme hasta Jundiz. Poco a poco, la idea de cazar esta preciosidad fue absorbiendo mi cerebro hasta convencerme de desempolvar el casco y coger la bici para recorrer los 8 o 9 kilómetros que distan de mi piso a Jundiz. Me costó bastante llegar ya que las condiciones de la bici, que fue comprada de segunda mano a mediados de curso por unos 20€, distaban de ser las más idóneas para recorrer semejante distancia: el incómodo sillín, la cubierta delantera desgastada, el freno trasero roto, la cadena saltando en el piñón, los cambios que no funcionaban… poca velocidad podía alcanzar con aquel trasto, por lo que a nada que llegaba una pendiente, a parte de reducirse la velocidad a la que iba la cadena saltaba más y más; además no conocía el camino, por lo que creo que perdí bastante tiempo zigzagueando por las calles del barrio de Zabalgana hasta encontrarme con la factoría de Mercedes y las vías del tren, pero aún me quedaba rato hasta llegar al barrio de Crispijana, donde contactaría con Iván para decidir dónde ibamos a darle caza. Al llegar, por suerte, me encontré con una fuente en la que “reposté”, ya que se me olvidó llevarme una botella de agua en la mochila, algo común en mí.

Tras hablar con Iván y decidir que el lugar más idóneo para fotografiarla sería el paso a nivel de Margarita tomé rumbo hacia allí, pasando junto al puerto seco de Jundiz pudiendo observar a la 333-390 de Renfe que acababa de soltar un corte siderúrgico y a la 333-382 de Acciona que estaba maniobrando con un TECO mientras degustaba la hedionda peste a orina que emanaba de las instalaciones de depuración de agua que están justo al lado. Poco antes de llegar al paso superior de la N-I, donde se podía apreciar el pesado tráfico de camiones ralentizado a causa de un accidente, el camino asfaltado llegaba a su fin y la grava y las piedras sueltas hacían peligrar la poca integridad que les quedaba a las cubiertas de mi bici, sin embargo aguantaron bien el trote. Pocos minutos después llegué al paso a nivel, donde nada más llegar yo llegó Iván. Allí pudimos ver la salida de la 333-390 aislada hacia Miranda y al cuarto de hora más o menos la de la 333-382 de Acciona con un precioso TECO de Transitia en dirección a Casetas. 


Media hora después aproximadamente dimos caza a Adriana Medway (dicho así parece el nombre de una actriz americana) con otro precioso TECO procedente de Vicálvaro con destino Jundiz. Nada más pasar lo perseguimos hasta el paso elevado de la N-I, donde poco antes de llegar, ante la falta de impulso de la bici por culpa de los saltos de cadena sufrí una caída sin sufrir casi ningún rasguño. Allí pudimos disfrutar de las maniobras y tuvimos oportunidad de sacar bastantes fotos, entre ellas ésta que podéis ver, limpiada digitalmente ya que en ella se apreciaban bastante algunas firmas de los pintores rupestres de siempre. Para entonces, por suerte o por desgracia, el atasco de camiones que había al pasar por primera vez más o menos se había aliviado y no se puede apreciar en la foto, cosa que me hubiera gustado.



De vuelta a la ciudad, mientras manteníamos una interesante conversación y avanzabamos cada vez más despacio por la incapacidad de mi bici de remontar las constantes pero ligeras subidas y bajadas típicas de las colinas de la llanada alavesa, llegamos al puente situado junto a las oficinas de Mercedes, cerca del antiguo apeadero de la Azucarera. Allí fotografiamos el Arco remolcado por la 252-042 del Alvia Picasso. Con esto dimos por terminada una exitosa tarde. Un saludo a los majísimos maquinistas que nos saludaron y pitaron durante la jornada, a Borja que nos proporcionó información, a Iván por su como siempre agradable compañía y a Iker, que por desgracia no llegó a tiempo para verla.


miércoles, 8 de mayo de 2019

Otra vez por Vitoria

Por fin, tras varias semanas sin visitarla como se merecía, he podido disfrutar de la ciudad y sobre todo de la estación de Vitoria, que ya echaba de menos. El ambiente de sus calles, los paseos por la arboleda de la universidad, el olor a perfume de la calle Dato, su clima, su gente, la juerga de los jueves, el asistir a clases interesantes, la libertad de hacer lo que me da la gana...

Esta mañana he tenido conocimiento de la circulación de este herbicida de Castejón a Miranda. En un principio, por la hora a la que se le esperaba en Vitoria, pensaba que no lo iba a ver, ya que a las 13:00 comenzaba la clase de Geografía a la que tenía que asistir. De todas maneras, por si por un casual se adelantaba y también para ver el auscultador de túneles que vi al llegar en el 16000 el martes y que ha estado por mis tierras estos días por lo que he podido saber, me he acercado a la estación. Nada más llegar y comprobar el viento y la buena luz que había a causa de las cerradas nubes, se ha anunciado un tren sin parada por vía 8, cosa que me ha llamado poderosamente la atención y me he puesto con el trípode y la cámara enfocada preparado para sacar la foto.

Tras sacar la foto del auscultador, que efectivamente se ha estacionado en la vía 8, me he fijado que una vigilante de seguridad venía hacia mí con bastante prisa. Era una mujer alta de unos 30 años y pelo castaño oscuro, y me ha preguntado si estaba sacando fotos o grabando vídeos, ya que lo segundo estaba prohibido sin previa autorización del Jefe de Estación. Yo, sorprendido, le he contestado que estaba sacando fotografías pero que desconocía que estuviera prohibido el rodaje de vídeos, y le he mostrado el ya roído papel de Adif que anunciaba la supresión del permiso de fotografía. Ella, siempre educadamente, me ha dicho que eso solo dejaba libre la fotografía, que ella debía velar por la seguridad de las instalaciones de Adif y que además el último fin de semana de Semana Santa llegó una circular obligando a los vigilantes a intensificar su vigilancia, ya que se preveía gran presencia de medios en las estaciones. Yo seguía convencido de que la grabación de imágenes no estaba prohibida pero a la vez mostraba mi comprensión hacia la vigilante, que simplemente hacía su trabajo. Justo en ese momento llegaba el compañero Iván, que venía a ver el herbicida, y le ha explicado que él también iba a sacar fotografías. Tras esto, la señorita nos ha dejado seguir sacando fotos al bicho raro que yacía en la playa de vías del que han salido varios ferroviarios, uno de los cuales nos ha preguntado “si habían salido guapos”.


Poco después, hacia las 13:30, después de decidir no acudir a la citada clase de Geografía, ha pasado hacia Miranda este precioso e impoluto herbicida arrastrado por la 310-059 que he podido sacar junto a la aguada y el auscultador, que por desgracia iba bastante sucio y del que por suerte solo se ve el frontal limpio. Tras tomar la foto se nos ha acercado la vigilante de antes a comentarnos que no iba rociando producto debido a que el generador que hacía funcionar la bomba se ha quedado sin combustible, por lo que deberá volver a pasar estos días.


Durante el rato que estuve con Iván charlamos sobre la suciedad del material rodante, problema que Renfe no parece querer atajar, y al comentarle el revuelo que causó la reciente publicación de una polémica fotografía de una 335 de Ferrovial graffiteada con el cerealero de Canfranc en la portada del nº 207 de la revista Hobbytren, me ha dicho que él era el autor de la foto. En Facebook había bastantes comentarios sobre la foto, la mayoría negativos por dar publicidad a semejante “obra de arte”, pero también había quien defendía a la revista por mostrar una realidad del mundo del ferrocarril, cosa que también es cierta. Parece ser que mandó varias fotografías que él consideraba buenas y entre ellas mandó la mencionada a modo de relleno; pues para su sorpresa fué la elegida para ilustrar dicha portada. Al menos su primera portada ha dado qué hablar y será recordada por más gente que otras portadas, eso seguro.

Ya hacia las 13:45, pasó este carrilero con un corte de bobinas hacia Irun. Un saludo a Iván, al que agradezco el aviso, su agradable compañía y conversación.

martes, 30 de abril de 2019

Jornadas de reflexión

El sábado, durante la jornada de reflexión, tuve conocimiento de este curioso traslado de plataformas de Continental Rail. Para fotografiarlo elegí el encuadre del puente que tantas alegrías me ha dado siempre en días nublados. Hacia las 18:05, tras un buen rato esperándolo, pude oír el rugido de la 333.381 proveniente de Irún arrastrando este tepla.

Esta Semana Santa, por la avería en el vehículo que iba a llevarme de vacaciones junto con mi familia, he tenido que quedarme en casa. Creo que de realizarse el viaje hubiera sacado pocas fotos ferroviarias, ya que la parte costera de las Landas es un erial en cuanto a ferrocarriles; sin embargo, he aprovechado este contratiempo para volver a algunos sitios que casi tenía olvidados, aunque los resultados la myoría de veces no han sido demasiado satisfactorios.

Sin embargo, he podido apreciar cómo poco a poco las cosas cambian, aunque otras se mantengan igual: en la estación de Hernani pórticos fijos sustituyen a los sustentadores que anteriormente, como en la mayoría de apeaderos, prestaban su servicio perfectamente. En Zumarraga, los remozados andenes y los modernísimos ascensores (más lentos que los de Vitoria) hacen las delicias de los viajeros más exigentes y también de los necesitados de tal infraestructura, como en Beasain, donde además la sensación de estrechez del andén de la vía 2 ha aumentado por la colocación del borde rojo con línea amarilla y el edificio de viajeros de estilo neovasco construido en 1980 ha quedado semienterrado por el considerable aumento de la altura del andén. Sin embargo, la comercial de la taquilla sigue siendo la misma que cuando yo era un niño, imagino que ahora observando cómo cada vez su trabajo se relega cada vez más a la atención del buen funcionamiento de los tornos en pos de la automatización del servicio y menos a la expedición de billetes. El susodicho edificio sigue aguantando tan recio, sólido y elegante como siempre el clima de la zona.

En Brinkola, los cada vez más gastados andenes, cuyos bordillos de piedra caliza oscura y agradinada van desintegrándose poco a poco y remendándose en algunos tramos con remociones de hormigón tras aguantar quién sabe cuántas décadas, siguen dando su humilde servicio a los poquísimos viajeros que pisan la estación. En el vestíbulo, la ventanilla de la vieja taquilla ha sido anulada con chapa verde para evitar posibles actos vandálicos, y a su lado se yergue la anuladora para tarjetas Mugi, que ya ha recibido su bautismo vandálico de parte del “Punk” en forma de grabado uno de los laterales. Las puertas, siempre abiertas, aguantan la corriente como pueden: en alguno de los embates del viento unos cachos de madera de su cristalera se han desprendido, pero durarán unos cuantos años más.

La 447-285 a punto de salir hacia Lezo-Errenteria el 5 de abril del 2019 a las 19:35.

Otra cosa que no ha cambiado es el masivo uso de los trenes de Cercanías durante la Semana Santa. Durante el trayecto de vuelta de un viaje a Hernani por una visita familiar pude comprobar por mí mismo lo llenos que siguen yendo los trenes en estas fechas, llenos casi desde Zumarraga hasta San Sebastián de viajeros que parten a media mañana animados y conversando en voz alta para poderse oír y formando un barullo formado de temas tan interesantes como el tranvía de Vitoria o la diferencia de ancho de vía entre España y el resto de Europa y otros no tanto, al menos para mí; y vuelven al final de la tarde, con menos ganas de hablar debido al cansancio de una agotadora pero ociosa jornada. Una salada niña llamada Eunate de unos cuatro o cinco años de edad, expresó su deseo de salir cuanto antes de aquel abarrotado y caluroso coche diciendo a su madre que “le gustaría vivir allí” señalando hacia afuera nada más llegar la 447 al apeadero de la localidad de Ikaztegieta. Su madre, sorprendida, le respondió que qué iban a hacer allí, que allí no había nada, que se estaba mejor en Ordizia, mientras la niña aprovechaba la corta parada para intentar conseguir algo del frescor que llegaba desde afuera por la puerta abierta por medio de aspavientos. Así estuvo parada en parada hasta llegar a la suya. El tren se vació más o menos en Beasain, si bien gran parte de los asientos seguían ocupados.

miércoles, 10 de abril de 2019

Viaje en el tiempo

470-025 con el 18061 en Vitoria el 3 de abril del 2019 a las 15:03.
El pasado viernes tuve la oportunidad de viajar en el 18061 y montar en la 470-025 para volver a casa, debido a la oleada de estas últimas semanas. Si bien la experiencia fue extremadamente satisfactoria para mí, para la mayoría de viajeros quizás no lo fuera tanto. Nada más subir al tren, el interventor canoso que comenté en mi anterior foto hizo acto de presencia para avisar a todos los viajeros que aquel tren tenía como destino San Sebastián y no Pamplona, ya que la hora a la que llegó (sobre las 15:10) y el automotor que prestaba el servicio podría llevar a la confusión a más de un viajero navarro, a pesar de que la megafonía y la cartelería de la estación lo dejaban bien claro. Al ver a este señor, las chicas que esta vez me acompañaban, unas estudiantes de mi pueblo, se echaron a temblar: en un principio tenían pensado tomar el 18063 y fueron a la estación para comprar el billete, pero al ver que el 18061 iba con tanto retraso intentaron comprar un billete para este y así volver antes a casa, pero el sistema de venta ya no les permitía comprarlos. Recordaron que una vez llegaron tarde al 18063 y al montar sin billete dicho interventor les echó la bronca, y me dijeron que no se atreverían ni a pedirle el descuento de la tarjeta joven por su mal genio. Dicho comentario me sorprendió, ya que yo las pocas veces que lo he visto lo he notado sosegado, pero ellas desde luego no opinaban lo mismo. Para asustarlas un poco les dije que quizás se acordaba de ellas y que por ello la bronca sería mayor.

La 470 iba ganando lentamente la elevada velocidad que la llanada alavesa permite a las circulaciones; si bien la aceleración y la velocidad punta era inferior a la que alcanzan normalmente las 449 el confort era muy superior en cuanto al ruido de los acabados y la comodidad de los asientos, todo ello contrariado por la falta de plazas y la desajustada megafonía desde la que el maquinista anunciaba las paradas, curiosamente las alavesas en castellano (Alegría, Salvatierra…) y al llegar a Alsasua en euskera (Altsasu, Legazpi…), que asustaba a los viajeros con más sueño, seguramente consecuencia la juerga del jueves, por sus chirridos y su alto volumen. Llegando a Alsasua o quizás antes, mientras nos acercábamos a las nubes negras que ya traían la lluvia a estas tierras, el interventor llegó a nosotros. Sorprendiendo a las chicas, el señor comenzó a emitirles el billete sin rechistar, preguntando si lo iban a querer con el descuento de carné joven, facilitandoles el pago sugiriendo por medio de dinámicos cálculos la entrega de cierta cantidad de dinero para que la vuelta fuera exacta y facilitarles la venta… una de ellas, la que iba a pagar, se quedó perpleja ante sus explicaciones pero entendiéndolo todo y obedeciendo. Tras finalizar, comentaron lo sorprendidas que se quedaron, achacando el mal humor de aquel día a la falta de una buena siesta que quizás esta vez sí que echó.
Tomada en Beasain el 5 de abril del 2019 hacia las 16:30.
Al llegar a Beasain la tormenta descargaba con fuerza y mojándome bastante saqué otra foto allí, aunque por las pobres condiciones de luz y el lugar desde el que saqué la fotografía no me convenció lo suficiente como para subirla. Tras la marcha de este Media Distancia abandoné con prisas la estación para ir a comer (o más bien merendar por la hora a la que llegué, aproximadamente las 16:30), con mi “abuela postiza” M.ª Carmen. Ella, amiga de mi madre desde hace muchos años, conoce bien mi afición, y por consiguiente y también por usarlo el mundo del ferrocarril, se sorprendió cuando le enseñé la foto, expresándolo con un sonoro “¡Jesús!”. Recuerdo que antes de que las 470 abandonaran la provincia, tendría yo por aquel entonces más o menos 12 años, viajé a Irún justamente con ella en una de estas unidades, cuando aún eran naranjas si no recuerdo mal. Qué tiempos aquellos...